EL NACIMIENTO DE LOS ECLIPSES
EL NACIMIENTO DE LOS
ECLIPSES
En algún
lugar no muy lejano cerca de las montañas, vivían Mamá Osa y sus hijitos. Tenían la suerte de ser hermanos de La Luna, que era blanca y brillante en
las noches serenas y a veces se ocultaba tras algunas nubes porque era un poco
vergonzosa. La querían y la cuidaban mucho, dormía de día y cuando se
despertaba solía bañarse en leche tibia y recién ordeñada de las cabras que
cuidaban “Sus Hermanos los Osos”. Cada
noche brillaba más y más. Al terminar subía al cielo y allí se quedaba hasta el
amanecer. Después, ella se acostaba para poder descansar.
En uno de
esos días, en los que la Luna se estaba preparando para subir al cielo, se secó
cuidadosamente el cuerpo con las toallas recién limpias y suaves que le trajo Mamá
Osa. Y se asomó por la ventana para que el aire de la primavera la llenara
de suavidad y de frescura. O simplemente, para oler el aroma de las flores
silvestres que crecían debajo. Se vistió cuidadosamente, cepilló su larga
melena plateada y cenó un caldo que le calentaría durante toda la noche.
Con la ayuda
de sus hermanos, subió por la escalinata plateada que la llevaría directamente
al cielo estrellado y se llevó su manto de lana para no pasar frío.
La noche fue
suave y serena. Todos los habitantes del pueblo durmieron perfectamente sin
ningún incidente.
Los osos
poco a poco se iban despertando y el pueblo también empezaba con sus labores
habituales. Hacía calor y apetecía ir al río a pasar el día. Pero esta vez,
parecía que el calor apretaba demasiado y pasaban las horas y las horas y ya
Mamá Osa estaba preocupada. No sabía por qué tardaba tanto su “Hija”, era extraño; siempre bajaba en
cuanto salía el Sol. Se ponía nerviosa e iba de una habitación a otra sin
parar.
Como no
aparecía, Mamá Osa fue al pueblo para
poder hablar con el Alcalde, el Cura y el Médico, que son las personas más
importantes que la podían ayudar. Decidieron organizar una pequeña búsqueda por
todo el pueblo y en los pueblos cercanos. Pero no la encontraban por ningún
sitio. Perros y soldados iban por los bosques, por las montañas y los ríos, sin
éxito alguno. Estaba Mamá Osa
llorando sin parar.
Estuvieron
muchos días buscándola sin parar y se dieron cuenta que el cielo no se
oscurecía y que El Sol calentaba más
y más. El médico, que además le gustaba observar las estrellas y el cielo,
empezó a estudiar la posición del sol y se lo comentó al Alcalde y se dio
cuenta que era muy raro que estuviera allí siempre, alumbrando el cielo. Así
que pensando y pensado, decidió ir con un pequeño grupo de soldados a la montaña más alta del pueblo,
que era donde vivía El Sol. Y allí
encontraron a la Luna en la cama, atada solo por los pies y detuvieron al Sol;
que más tarde confesó que estaba enamorado de ella y que la quería tener cerca para poder
contemplarla.
Así fue como
entre todos, se decidió que La Luna
estuviera unos meses con los osos y otros meses con el Sol y entre medias algún
eclipse vi por ese pueblito que es uno de mis favoritos y además se observan unos
preciosos amaneceres, mientras veo como naturaleza sigue su curso.