IRÓNICO

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IRÓNICO

Con tan sólo 35 años, decidió taparse la cara con un velo negro y ponerse un sombrero en la cabeza. Los que la acompañaban creían que era por el sol, para evitar rojeces en su piel tan marfilada. Lo que quería, más bien, era que la dejaran de molestar los periodistas.

Fue una decisión difícil. Tan alta, tan llamativa, con esa larga melena rubia que tardaban horas y horas en peinar. Fue la comidilla de toda la región, la envidia. Bien parecida y agraciada, aunque ese debiera haber sido su destino. Ella, que creció fuera de la gran ciudad y de la corte, retirada de todo protocolo posible, nunca imaginó que su vida cambiaría cuando acompañó a su madre y hermana Elena para conocer al futuro emperador. Eran primos hermanos y Elena, la elegida para ser la emperatriz, pero el destino, a veces se encapricha de seres alados que no están atados a lazos terrenales. Es más bien caprichoso, se enamora de seres etéreos que luego sufren más duramente que otros.

No se sabe por qué el emperador se quedó hechizado por aquel ser que volaba y volaba de una habitación a otra. Era libre y quizá por eso se enamoró de ella. La verdad que no estaba preparada para lo que le deparaba el futuro. La boda fue espléndida en los grandes palacios y se publicaron fotos de los recién casados en todos los periódicos del país, llegando  a todas las cortes europeas.

Su viaje de bodas, fue en un gran barco por toda la región,  para que los súbditos apreciaran lo que parecía el cuento de hadas del siglo XIX, la espectacular belleza de su reina, su melena impresionante y las joyas prestadas por su suegra Sofía.

Todo lo que la rodeaba le parecía precioso y el inicio de su matrimonio prometía. Bailes, vals, viajes en barco y calesa. Lo que al principio parecía la boda del siglo, poco a poco se fue deteriorando por el estricto protocolo y la severidad de las normas de su suegra. Quedó pronto embarazada y en un viaje a Hungría murió su primera hija, cosa que ya provocó discusiones con su suegra y la decisión de que la siguiente criatura estuviera bajo la severa supervisión de ella, que no permitiría que Isabel se acercara a la niña. Así empezó el primero de los distanciamientos que seguirían a lo largo de todos sus años de matrimonio. Después de estos desacuerdos, empezó a caminar unas ocho horas diarias por los parques de palacio, sus camareras y azafatas no podían seguir el ritmo frenético de tan atlética mujer, que era capaz de montar a caballo horas y horas sin parar, de pasear por las cortes europeas acompañada de papagayos de varios y diversos colores y sus grandes perros, provocando destrozos en las cortinas de los salones de la Reina Victoria. Lo que hizo que el protocolo se volviera más y más desastroso; cada vez que se le ocurría hacer algún tipo de visita a sus familiares.

Ella, que añoraba la tranquilidad de su infancia, donde paseaba descalza por los jardines y la casa de campo de su padre Max, se escapaba a la playa en cuanto podía con una de sus azafatas favoritas para poder salir del encorsetado palacio imperial de Viena.  Huía y volaba, como la primera vez que la vio su primo y esposo Francisco José, seducido por el esplendor de esos grandes ojos negros que inundaban la habitación y le llevaron a descubrir los grandes misterios de la humanidad.

 Dejándose  hipnotizar por el vértigo provocado solamente al mirarla. Le adsorbía la profundidad que emanaban y  le hipnotizaron desde el primer momento que la vio. Era su sueño, se dejó seducir y convencer para que ella reinara en su corazón, aunque no es las salas destinadas a su descanso/reposo.

 En una de esas furiosas discusiones sobre la educación de su hijo Rodolfo y tras el fallecimiento de este, en circunstancias un tanto delicadas, decidió salir o mejor dicho escapar del protocolo y del escenario de la historia paseando sus tristezas cerca de la playa, donde en uno de esos paseos encontró la muerte sin buscarla por uno de esos anarquistas que le clavó un estilete que la hizo desangrase poco a poco para que aún le diera tiempo a ver, pensar o darse cuenta que hasta la propia vida no la dejaba volar a su antojo.

Murió discretamente, que era lo único que quería, pero su recuerdo sigue (aún) presente en las personas que la conocieron y la lloraron amargamente. Pobre emperatriz Isabel que nunca quiso serlo, sino una simple campesina rodeada de loros y perros, paseando por el campo sin otra ocupación más importante que ver el atardecer, sentada bajo un árbol y acariciar a su gran danés que la acompañaría hasta el final de sus viajes.

ULTIMO

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La madre expiró. Dio el último empujón y cayó muerta en la cama toda manchada de sangre después de doce horas de parto. La comadrona consiguió sacar un hermoso niño de casi 4 kilos, amoratado de tanto tiempo y por el efecto de permanecer tantas horas dentro del útero. Lo limpió, lo lavó y le dio cinco o seis azotes  hasta que el niño gritó todo lo fuerte que pudo o supo. Tenía los ojos cerrados, le costaba respirar y la luz de la habitación le molestaba, huía de ella. Limpiándole la boca, acercó un paño mojado de agua para que empezara a chupar, ya que tantas horas le habían dejado con la boca seca. Mientras, las vecinas, aseaban a la madre recién muerta y aireaban la habitación.

Al terminar, llevaron al niño al cuarto de al lado, donde un hombre con barba, fumando en pipa, estaba sentado cerca de la chimenea. Al oír los ruidos de la puerta, giró su cabeza y vio como la matrona le entregaba un fardo blanco con las manchas de sangre de su mujer; pero, no hizo mucho caso. Quería saber si era niño o niña y los ojos de la mujer  le comunicaron que era un niño perfecto pero que su mujer había muerto. Cosa que no le sorprendió, ya que siempre pensó que su mujer era demasiado flacucha para poder tener hijos. Se casaron por que el padre de ella, fue un antiguo compañero de guerra y le había prometido que se encargaría de ella en caso de que este faltara.

Fue una ceremonia sencilla, en la iglesia del pequeño pueblo en el que vivían. La novia, llevaba un vestido gris claro, una cinta marrón en el pelo, sus botines negros y un pequeño ramo de flores. No tenía para nada más. Él, iba vestido con unos pantalones negros, su camisa blanca y la chaqueta grande que le había prestado uno de sus vecinos.

Era bastante religioso y para él, los símbolos de la Santa Madre Iglesia Católica, eran sagrados. Aceptó todos los consejos del  párroco y juró frente a ella y el resto de los invitados, salud, pobreza , riqueza  y Fidelidad.

Cosa que cumplió al pie de la letra. Trabajaba en las faenas que salían, ayudando a los pescadores, limpiando barcos y su mujer cosiendo redes. No ganaban mucho pero tenían para vivir. La costa es un lugar peligroso para poder soñar.

Nunca pensó en ser padre, pero al cabo de dos años se quedó embarazada. Tuvo sueños o pesadillas en las que una enorme ola les arrastraba al centro del mar y un pez gigantesco se los tragaba. Siempre despertaba gritando, con la frente sudorosa, su mujer le abrazaba y le secaba la frente con el pañuelo blanco. Le besaba y le calmaba, no es que le quisiera, más bien le había cogido cariño y porque le conocía desde que era pequeña. Se trataban con cortesía, pero lo que si aprendió, fue a valorar su calor cada noche y a entregarse a él sin reservas. Nunca la trató mal ni la pegó y pese a su dura vida, tenía una caricia para ella todas las mañanas al despertarse. El embarazo la pilló de sorpresa. Al despertar tenía ganas de vomitar y sentía mareos; pero siempre le preparaba el café antes de que se fuera al puerto. Luego ella seguía arreglando la casa y enseguida se ponía a coser las redes, las revisaba una a una y después las llevaba a que se las pagaran.

Durante el trayecto hasta el malecón, saludaba a las vecinas y dejaba pagado el pan que luego recogería. Se pasaba esos meses así, hasta que los dolores del parto la dejaron sin fuerzas para realizar tarea alguna. Su marido se acercaba a ella con cuidado. No sabía que era lo que tenía que hacer. Angustiado llamó a una vecina que se encargó de avisar a la matrona que llegó unas dos horas más tarde. Cuando ya estaba en la cama y se le oía gritar por toda la casa. Le pedían que calentara agua y les diera paños limpios para atender a la parturienta; pero que se abstuviera de entrar hasta que no hubieran terminado. Se le hizo largo todo el tiempo que estuvo allí de pie frente a la chimenea, fumando en su pipa. Tomó algo de sopa que le habían traído y un trago de whisky. Que le dio fuerzas y le calmó un poco.

Le trajeron al niño al que agarró con fuerza y le miró a los ojos. Cómo no sabía que nombre ponerle, la matrona dijo que su mujer al dar su empujó, dijo: “¡Ultimo!” y Último se quedó. Fue creciendo en gracia y porte, además resaltaba entre los demás niños, intentó que fuera lo más feliz posible y nunca se sintió desprotegido. Gracias a la existencia de este ser, la vejez se le hizo mucho más llevadera en los malecones. La vida dura del mar le trajo toda la felicidad a la que podía aspirar.

Le enseñaba a valerse por sí mismo, a darle fuerzas y seguir adelante aunque la vida fuera dura. Se fortalecía de los recuerdos y le contaba historias que le valdrían para hacer frente a lo que vino después. Las cosas se complicaron y en una de las barcas donde iban a pescar, debido a la gran tormenta, cayó sobre su padre el mástil que le quebró la pierna derecha y le hizo estar muchos meses en cama y años después, seguiría con dolores y la cojera se le fue agravando. Pero, a pesar de los avatares de la vida, pudo darle todo el cariño necesario y las ganas de emprender una nueva vida fuera del pueblo, donde siempre fue recordado con cariño y dejó de ser “Último” para siempre. Ya que gracias a él y la caída del mástil, se pudo saber o poner en conocimiento que todos los sueños son posibles si ves más allá de ti.
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