CON LA AGUJA A TODOS LADOS
CON LA AGUJA A TODOS LADOS
A los 12 añitos se había puesto
a trabajar. No quedaba otra, su madre se había quedado viuda aunque algunas
vecinas decían que en realidad algún
desalmado o un soldado la forzó .Nueve
meses después nació Miguelito.
Ella iba mucho a la iglesia y
siempre le ponía unas velas a la Virgen María para que la ayudara y protegiera.
Era de un pequeño pueblo de Extremadura y por hambruna o enfermedades se había
quedado sola, sus dos hermanos murieron en la guerra y sus padres de alguna
enfermedad o pulmonía, nunca lo supo, pues el médico rural que iba por allí de
vez en cuando no tenía suficiente penicilina para los enfermos. Siempre rezaba
después de cenar y se dormía bajo la lamparita que había traído de su casa y
que fue lo único que pudo sacar de la casa donde nació.
Ya en la gran ciudad, se puso en
contacto con un primo que hacía mucho que no veía y la dejó un pequeño cuarto
donde nació Miguelito. Siempre recordaría esa noche larga y dura que casi la
dejó seca de tanto empujar. Una vecina la ayudó a traer al niño, mientras el
primo esperaba en el cuarto de al lado.
Fue algo doloroso, pero el niño nació fuerte y cuando le dieron un buen
manotazo en las nalgas casi despierta a los vecinos de los berridos que daba.
Era grande y estaba bien. Le lavó la comadrona y se lo entregó a la madre
diciendo: “He aquí vuestro hermoso hijo”.
Unos dos o tres días después, lo llevó a la iglesia donde por unas cuantas
pesetas lo pudo bautizar y registrar con el nombre de Miguel, en recuerdo de su
padre.
Ana, se fue recuperando poco a poco
y ayudaba a su primo. Pronto se pudo cambiar a un piso cercano de una
habitación con chimenea, mientras veía crecer a su hijo, cosía ropa para las
vecinas y se ganaba unas monedas. Miguelito aprendía a coser botones y cosas
sencillas que le enseñaba su madre. También ayudaba a los vecinos a recoger
leña para las chimeneas y en la escuela lo que más le gustaba eran las
matemáticas. Siempre estaba contando cosas con la mente o sumando o restando y
poco a poco aprendió a multiplicar, leer y escribir. Se pasaba horas contando
las vueltas que daba su madre con la aguja y el número de bobinas de hilo que
compraba. Por lo menos tenía las agujas de su madre y nos les solía faltar algo
de comida todos los días.
Una tarde, sentado en la acera,
vio a lo lejos en un escaparate los zapatos más bonitos que había visto en su
vida. Eran de piel marrón y unos cordones blancos que le parecieron preciosos.
Nunca había tenido unos zapatos así. En la puerta de la tienda había un anuncio,
se necesitaban aprendices para poder coser la mayor bandera de la ciudad y el
ganador se llevaría esos hermosos zapatos. Nada más verlo se inscribió para el
concurso y se lo llevó a su madre, que no le hizo mucho caso, decidió ir a casa
de su tío para que le ayudara y al final de tanto decirlo habló con Ana para
que ayudara con la bandera. Estuvieron días y noches hasta tener una hermosa
bandera que sería la envidia de los demás. La guardaron con mucho cuidado en
una bonita caja que tenía su madre, para poder llevarla a la tienda el día del
concurso. Había muchos aspirantes y todos codiciosos y envidiosos de Miguelito
que hicieron de todo para que perdiera; incluso intentaron quemar la bandera
que tenía guardada, pero menos mal que su tío tuvo la idea de llevarla a su
casa. El día del concurso, allí estaban los candidatos y el dueño de la tienda
viendo la bonita que era la bandera de Miguelito, no tuvo dudas que era el niño
que se quedaría esos zapatos mágicos y además le enseñaría a ser sastre para
que trabajara con él. Ese día, nació una bonita amistad que duró hasta que
murió años más tarde el sastre y le dejó la sastrería a Miguel. Ya no le
gustaba que le llamaran Miguelito.
