CALLE DEL ENGAÑO, 13

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CAPITULO IX

Lleno del olor de Bella por todos sus poros, pudo soltarlas y Julita cayó al suelo sin hacerse daño. Corrió hacia su padre y con la cabeza gacha empezó a tartamudear por el susto que se había llevado por intentar coger al gato negro de la vecina.

Le quería decir que el gato subió al tejado y se quedó atrapado; pero no la dejó continuar hablar, más bien la ignoraba como hacía la mayoría de las veces. Para él, Julita era poca cosa, ni le servía ni le interesaba estaba allí, con ellos por estar. Nunca se había preocupado de ella. Cuando Bella, le dijo que estaba embarazada, casi que no le dio importancia. Era como si otra parte del cuerpo de su mujer creciera por propia inercia, como si él no hubiera participado en dicha creación.

Al verlos allí abrazados y juntos, se le removieron las tripas de angustia. Siempre le dijeron que no era digno de tan gran belleza; pero, sin embargo, se casó con ella por todo lo alto en su barrio sevillano y el nacimiento de su hija, le dio por entender que de todas maneras nunca estarían solos y que la niña heredaría todas sus perversiones, pero nunca la gracia de su madre.

Un Recuerdo del Pasado

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Un recuerdo del pasado


   Pasaron las horas y María veía como se iba oscureciendo la tarde.

   No paraba de dar vueltas y vueltas en la habitación mirando su reloj de pulsera sin parar. Fue solo un momento y de pronto los niños no estaban. Salió al coche para entrar las bolsas de la compra y los vio al lado de la vaya en la que estaban los caballos encerrados y al dejar las bolsas en la cocina se giró y ya no estaban.

   Se le ocurrió que a lo mejor se habían ido al río con el perro a cazar saltamontes y no le dio la menor importancia hasta que empezaron a pasar las horas y no venían para cenar. Llamó a su primo que trabajaba en comisaría para que le ayudara; pero en ese momento no estaba y dejó un recado; casi media hora después llegó un agente para que le contara lo ocurrido.

   Se sentaron frente a la chimenea y tomaron un té para que entraran en calor y poder así charlar tranquilamente; pero María estaba cada vez más inquieta por que sus sobrinos no regresaban.

   En ese momento se oyó el ruido de un 4x4 en el que llegaba su primo. Los dos se levantaron y se asomaron a la ventana para ver como llegaba a la puerta y le abrían. Su primo se había enterado por que una de sus compañeras le llamó desde la central al walkie.

   Como venía con otro hombre salieron los cuatro con las linternas y se dirigieron hacia las vayas, allí vieron que estaban rotas y que los caballos no estaban. Siguieron el rastro que los caballos habían dejado y que llegaban hasta el río.

   Al llegar al río, se veían las huellas de los caballos un poco borrosas por la arena y la oscuridad se cernía sobre ellos.

   Con lo cual era difícil seguir las huellas.

   Como la noche era cerrada, decidieron montar un pequeño campamento a base de una hoguera, unas cuantas mantas, café, galletas (cosas que tenían en el 4x4) y turnos de guardia.

   Mientras, los chicos seguidos por su perro, pudieron alcanzar a los caballos que habían cruzado el río y los habían podido reunir. Pero no sabían volver a la casa. Les parecía que el pueblo estaba muy lejos y además estaban cansados.

   La niña tenía mucho miedo y tiritaba de frío; se arrimaba a su hermano mayor que no sabía a donde dirigirse. Por lo menos habían conseguido reunir a todos los caballos que estaban tranquilos comiendo hierba; pero los niños tenían hambre y frío.

   Tendrían que tomar una decisión: Buscar una carretera y pedir ayuda o quedarse cerca de las montañas con los caballos.

   El hermano mayor se sentó sobre una roca y miró al cielo mientras su perro Koque se quedaba a su lado y dejaba que le acariciara el hocico. Los otros dos hermanos le miraban sin saber que hacer, también se sentaron y gracias a un pequeño mechero que tenían pudieron encender una hoguera que los mantuvo calientes y tranquilos.

   Como estaban todos muy cansados, se quedaron dormidos hasta el amanecer y así les encontraron.

 Colofón

  

   Por lo que explicaron los chicos después, intentaron sacar a los animales, pero uno de ellos se puso furioso y con las patas rompió las vayas, de ese modo los demás escaparon y los chicos fueron tras ellos para intentar alcanzarlos pero no pudieron y se fueron corriendo asustados y gracias al perro
que los alcanzó pudo controlar a los caballos y así los encontraron cerca de las montañas.

 

     Esa foto recuerda a los primos Daniela, Nico y Guille cuando se fueron a pasar un fin de semana con sus tios y su perro Koque. En el reverso de la foto se puede leer:

 

     “Ese fue el día en que Koque nos salvó de los caballos”.