CALLE DEL ENGAÑO, 13

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CAPITULO IX

Lleno del olor de Bella por todos sus poros, pudo soltarlas y Julita cayó al suelo sin hacerse daño. Corrió hacia su padre y con la cabeza gacha empezó a tartamudear por el susto que se había llevado por intentar coger al gato negro de la vecina.

Le quería decir que el gato subió al tejado y se quedó atrapado; pero no la dejó continuar hablar, más bien la ignoraba como hacía la mayoría de las veces. Para él, Julita era poca cosa, ni le servía ni le interesaba estaba allí, con ellos por estar. Nunca se había preocupado de ella. Cuando Bella, le dijo que estaba embarazada, casi que no le dio importancia. Era como si otra parte del cuerpo de su mujer creciera por propia inercia, como si él no hubiera participado en dicha creación.

Al verlos allí abrazados y juntos, se le removieron las tripas de angustia. Siempre le dijeron que no era digno de tan gran belleza; pero, sin embargo, se casó con ella por todo lo alto en su barrio sevillano y el nacimiento de su hija, le dio por entender que de todas maneras nunca estarían solos y que la niña heredaría todas sus perversiones, pero nunca la gracia de su madre.