LAS MANOS

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LAS MANOS

Cuando nació Leo y conocí a Javi, todo giraba en torno a ellos. Leo era muy pequeño, lloraba, me daba la sensación de que se sentía que le “Abandonaban”, que pasaba de mano a mano. De las de su padre, pasaba a las mías, lloraba. Yo le veía llorar, me hacía daño, sufría por él. Tan pequeño, le dejaba en el autocar y lo cogían manos distintas a las mías. Sí, las de la monitora y seguía llorando y después en el colegio le dejaban allí en guardería y volvía a llorar se quería quedar con la monitora, pero no debía.

Unas manos le cogían de nuevo y otras en el comedor le daban de comer, le llevaban para que hiciera siesta… ¿Cuantas manos le habrán tocado? Manos expertas, suaves, rugosas, de mujer, de hombre, de niña, así todas las manos posibles le lavaban, le peinaban, le daban calor, le calmaban o le lastimaban… así eran las manos probables o posibles que le hicieron descubrir mundos secretos y dolorosos que más tarde le llevarían a “Otros Mundos” más oscuros y desagradables que le convertirían en un ser desalmado que haría daño a otros niños. Así fue la historia de Leo, que solo buscaba en las manos aquello que le calmaba cuando apenas tenía uno o dos años. Necesitaba calor y lo hacía con manos que coleccionaba, que cortaba y troceaba. Luego las guardaba en grandes frascos y los coleccionaba para disfrutar contemplándolas. Así era su vida, hasta que un día le encontraron en el suelo de su apartamento muerto y rodeado de todas “sus manos” esparcidas por encima de su cuerpo y alrededor de él.