MAESTRO DE VIDA

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MAESTRO DE VIDA

   Mi Maestro, me enseñó a leer y escribir. Me enseñó los números y  las letras; a formar frases y entender textos. También a amar la naturaleza y los animales, observar el cielo y las estrellas.
   Me enseñó el infinito y a respetar al ser humano.
   Estas son las cosas que amamos:
   - Tocar tus manos, mirar tus ojos,
   - Sentarse con la abuela en los taburetes de la cocina e ir separando las lentejas de las piedrecillas,
   - A sentirte y notar tu piel.

    A todo eso me enseñó Mi Maestro...
    A mirar la luz del Sol.


    (Con motivo del Día Internacional del Maestro, escribo hoy este pequeño texto).

                                                          Carolina.

CON LA AGUJA A TODOS LADOS

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CON LA AGUJA A TODOS LADOS

A los 12 añitos se había puesto a trabajar. No quedaba otra, su madre se había quedado viuda aunque algunas vecinas  decían que en realidad algún desalmado o un soldado  la forzó .Nueve meses después nació Miguelito.

Ella iba mucho a la iglesia y siempre le ponía unas velas a la Virgen María para que la ayudara y protegiera. Era de un pequeño pueblo de Extremadura y por hambruna o enfermedades se había quedado sola, sus dos hermanos murieron en la guerra y sus padres de alguna enfermedad o pulmonía, nunca lo supo, pues el médico rural que iba por allí de vez en cuando no tenía suficiente penicilina para los enfermos. Siempre rezaba después de cenar y se dormía bajo la lamparita que había traído de su casa y que fue lo único que pudo sacar de la casa donde nació.

Ya en la gran ciudad, se puso en contacto con un primo que hacía mucho que no veía y la dejó un pequeño cuarto donde nació Miguelito. Siempre recordaría esa noche larga y dura que casi la dejó seca de tanto empujar. Una vecina la ayudó a traer al niño, mientras el primo esperaba en el cuarto de al lado.  Fue algo doloroso, pero el niño nació fuerte y cuando le dieron un buen manotazo en las nalgas casi despierta a los vecinos de los berridos que daba. Era grande y estaba bien. Le lavó la comadrona y se lo entregó a la madre diciendo: “He aquí vuestro hermoso hijo”. Unos dos o tres días después, lo llevó a la iglesia donde por unas cuantas pesetas lo pudo bautizar y registrar con el nombre de Miguel, en recuerdo de su padre.

Ana, se fue recuperando poco a poco y ayudaba a su primo. Pronto se pudo cambiar a un piso cercano de una habitación con chimenea, mientras veía crecer a su hijo, cosía ropa para las vecinas y se ganaba unas monedas. Miguelito aprendía a coser botones y cosas sencillas que le enseñaba su madre. También ayudaba a los vecinos a recoger leña para las chimeneas y en la escuela lo que más le gustaba eran las matemáticas. Siempre estaba contando cosas con la mente o sumando o restando y poco a poco aprendió a multiplicar, leer y escribir. Se pasaba horas contando las vueltas que daba su madre con la aguja y el número de bobinas de hilo que compraba. Por lo menos tenía las agujas de su madre y nos les solía faltar algo de comida todos los días.

Una tarde, sentado en la acera, vio a lo lejos en un escaparate los zapatos más bonitos que había visto en su vida. Eran de piel marrón y unos cordones blancos que le parecieron preciosos. Nunca había tenido unos zapatos así. En la puerta de la tienda había un anuncio, se necesitaban aprendices para poder coser la mayor bandera de la ciudad y el ganador se llevaría esos hermosos zapatos. Nada más verlo se inscribió para el concurso y se lo llevó a su madre, que no le hizo mucho caso, decidió ir a casa de su tío para que le ayudara y al final de tanto decirlo habló con Ana para que ayudara con la bandera. Estuvieron días y noches hasta tener una hermosa bandera que sería la envidia de los demás. La guardaron con mucho cuidado en una bonita caja que tenía su madre, para poder llevarla a la tienda el día del concurso. Había muchos aspirantes y todos codiciosos y envidiosos de Miguelito que hicieron de todo para que perdiera; incluso intentaron quemar la bandera que tenía guardada, pero menos mal que su tío tuvo la idea de llevarla a su casa. El día del concurso, allí estaban los candidatos y el dueño de la tienda viendo la bonita que era la bandera de Miguelito, no tuvo dudas que era el niño que se quedaría esos zapatos mágicos y además le enseñaría a ser sastre para que trabajara con él. Ese día, nació una bonita amistad que duró hasta que murió años más tarde el sastre y le dejó la sastrería a Miguel. Ya no le gustaba que le llamaran Miguelito.

ENCUENTROS

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                                                                                ENCUENTROS
 
Después de haber pasado más de un mes desde que dejó de trabajar como Monitora de Ruta en el colegio, aún la seguían llamando las madres para que volviera de nuevo a su trabajo en el autocar. Aunque a ella lo que más le dolía era el trato final que le dio el conductor, pues la había bloqueado el WhatsApp y no se podía comunicar con él antes de encontrar este nuevo trabajo en el museo donde se encontraba ahora, que era más tranquilo y el horario es mucho mejor.

Un día vio pasar el autobús escolar cerca de su casa y él la saludó. Ella le miró de refilón, no sabía si saludarle o no. Aún sentía cosas por él, después de lo que pasó desde marzo hasta junio que habían tenido una relación. Pero a veces el universo se confabula contra los humanos y una mañana de septiembre, casi al empezar las rutas, ella se levantó, regañó a un niño de los mayores, le quitó el móvil porque tenía el volumen muy alto y estaba molestando a los demás niños y de pronto, justo es ese momento, Javi el conductor frenó porque se le cruzó un coche, ella casi se cae, se agarró todo lo que pudo en el reposabrazos de uno de los sillones del autocar, se asustó y se hizo daño en el hombro derecho a parte de algún morado.

Se quedó un rato sentada con la cabeza agachada y tapándose la cara con las manos. Intentaba respirar y relajarse y controlar el susto; pero le costaba. Esperó a estar más tranquila y poder levantarse y sentarse en la parte delantera, para poder seguir con su trabajo. No se atrevía a escribirle a Javi para poder estar juntos otra vez encima suya, que la cogiera y atrapara como la tercera vez que estuvieron juntos y la besó de esa manera que parece te van a llevar al cielo. Además, al llegar al colegio tenía que llevar a dos de los pequeñitos a la guardería y que pena que no se atreviera. Así era ella, que le daba corte algunas cosas y luego ya no sabía qué hacer.

Como ese día que le vio pasar con el autocar cerca y le mandó un mensaje porque quería invitarle a un café por su cumpleaños. La verdad que no sabía se contestaría pero, bueno, pasaron varios días hasta que él la llamó y quedaron para verse y tomar ese café. Después, ya es otra cosa lo que pasó, pero lo dejo a cuestión del lector que decida que sucedió después del café.

LAS MANOS

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LAS MANOS

Cuando nació Leo y conocí a Javi, todo giraba en torno a ellos. Leo era muy pequeño, lloraba, me daba la sensación de que se sentía que le “Abandonaban”, que pasaba de mano a mano. De las de su padre, pasaba a las mías, lloraba. Yo le veía llorar, me hacía daño, sufría por él. Tan pequeño, le dejaba en el autocar y lo cogían manos distintas a las mías. Sí, las de la monitora y seguía llorando y después en el colegio le dejaban allí en guardería y volvía a llorar se quería quedar con la monitora, pero no debía.

Unas manos le cogían de nuevo y otras en el comedor le daban de comer, le llevaban para que hiciera siesta… ¿Cuantas manos le habrán tocado? Manos expertas, suaves, rugosas, de mujer, de hombre, de niña, así todas las manos posibles le lavaban, le peinaban, le daban calor, le calmaban o le lastimaban… así eran las manos probables o posibles que le hicieron descubrir mundos secretos y dolorosos que más tarde le llevarían a “Otros Mundos” más oscuros y desagradables que le convertirían en un ser desalmado que haría daño a otros niños. Así fue la historia de Leo, que solo buscaba en las manos aquello que le calmaba cuando apenas tenía uno o dos años. Necesitaba calor y lo hacía con manos que coleccionaba, que cortaba y troceaba. Luego las guardaba en grandes frascos y los coleccionaba para disfrutar contemplándolas. Así era su vida, hasta que un día le encontraron en el suelo de su apartamento muerto y rodeado de todas “sus manos” esparcidas por encima de su cuerpo y alrededor de él.