LA GRAN VÍA
Me llegó la cartera con toda la
documentación al teatro donde estaba preparando y ensayando mi nueva obra en la
gran ciudad de Madrid. Estaba sentado en una de las butacas de la 6ª fila pares
donde mejor se contemplaba todo. Allí, sentado, escuchaba y revisaba toda la
obra. La verdad, que no esperaba que me la devolvieran. Creo que fue en uno de
esos tranvías que iban a las Vistillas y al bajar me di cuenta que ya no la
tenía; menos mal que llevaba alguna “Rubia”
en mi bolsillo para poder tomar un aguardiente y pasear del brazo de una de
esas chulaponas que me ponían un clavel rojo en mi solapa y bailaban un chotis
“mu agarraditas”.
Yo estaba ensimismado con mi
nueva obra y lo corregía todo y lo revisaba todo y les volvía loco con mis
locuras y correcciones. Y la música… ummm…. La mejor de todas mis obras y mis
textos y mis decorados y… Bueno, todo como yo lo quería. Así era yo, me gustaba
sacar brillo y luz… supongo que también era muy meticuloso o muy insistente.
Claro, tendría mis detractores, mis envidiosos, mis admiradores como cualquier
otro artista. Yo, un pobre compositor madrileño. Mediocre para unos y magnífico
para otros. No sé, el mundo del “Artisteo” en así. Mi familia quería que fuera médico y
me sacaron del conservatorio. Trabajé con los grandes, yo tenía un gran oído y
tocaba el piano tan virtuosamente que todos los periódicos de la época hablaban
de mí, me admiraban los críticos.
Participé, como muchos
estudiantes de la época en alguna manifestación contra el gobierno de un general
como lo había en muchos otros países y fui detenido. Me llevaron a unos bajos
de un gran edificio del centro de Madrid; allí alguna paliza que otra, falta de
comida y agua y a pesar de todo supe componer algún que otro vals conocidos más
adelante a lo largo de mi carrera.
Salí de allí de otra manera,
viendo la vida de otra forma. Tuve suerte porque mi gran amigo Francisco
Barbieri me ayudó a orquestar y dirigir sus obras y me convenció de que dejara
la medicina, a la que aborrecía, por mi gran ilusión: “La Música”.
Pude trabajar como pianista en un
teatro maravilloso para mí: Teatro Variedades en la Calle Magdalena número 40.
Que fue un antiguo edificio de juego de pelota convertido en teatro con un aforo de unas 800 personas y donde
representaba mis obras del género chico o zarzuelas, que algunos entendidos
opinaban que no era de calidad con respecto a las óperas.
Tenía éxito y gozaba de grandes
privilegios. Estaba preparando mi gran obra, cuando llegó un paquete para mí,
cuando lo abrí encontré mi cartera junto
a una carta firmada por:” El Rata 1º, El Rata 2º y El Rata 3º, con
el visto bueno de La Chata y La Pelos. "El gremio", explica la misiva
(conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid) decidió devolver la cartera
con todo el dinero más cinco duros "como prueba de respeto y admiración al
guripa de más pupila y más salero de España". "Dios le conserve la
salud para que se ocupe pronto de nosotros en el escenario", se
despedían los ladrones, a los que el zarzuelista había retratado con tanta gracia
en su obra La Gran Vía.
ALHAMA DE GRANADA
ALHAMA DE GRANADA
Cuando susurras
al viento,
tu canto
de Invierno,
Oyes mi nombre,
que tiene veneno.
Risa en el aire,
y Alhama, valiente,
te mira desafiante...
No pienses, Caminante,
que no soy hospitalaria.
Así, de sorpresa,
en mi espejo de plata,
reflejo tus olas.
Y para no herirte,
río al instante.
Alhama, valiente,
te dice sonriente:
"Que sigas mirando
sus olas calmadas.
Y vengas, de veras,
las veces que quieras.
Y de una ventana
que al Tajo se asoma,
creerás que es Cuenca
la que te llama".
No pienses, Caminante,
que no soy hospitalaria.
Así, de sorpresa,
en mi espejo de plata,
reflejo tus olas.
Y para no herirte,
río al instante.
Alhama, valiente,
te dice sonriente:
"Que sigas mirando
sus olas calmadas.
Y vengas, de veras,
las veces que quieras.
Y de una ventana
que al Tajo se asoma,
creerás que es Cuenca
la que te llama".
NOSTALGIA
NOSTAGIA
No volveré a sentir
sus manos en mi piel.
Ni volveré a besar
esos dulces y tiernos labios.
sabiendo que su corazón
ya no me pertenece...
Y no volveré a sus brazos,
como antaño sucedía
con frecuencia..
Sin pesar, su fantasma
estará aquí; conmigo.
estará aquí; conmigo.
Al igual que el mío con él.
Hasta que los dos,
aprendamos a seguir vivos.
aprendamos a seguir vivos.
"La Carrera de la Vida"
LA CARRERA DE LA VIDA"
¡Hola! -dije- "Ya estoy aquí, sentado sobre mi nueva moto roja y azul. Toda super nueva. Con mis casco, mis guantes y mi traje plateado preparado para salir de casa. Igualito que Alonso. ¡Jó! ¡Qué hombre! ¡Qué maravilla de piloto! Igual que yo; además de Asturias. Allí estaba yo, sobre la montaña. Se veía el Mar Cantábrico en calma. Todo sereno y azul; incluso desde arriba se olía a sal y pescado. ¡Qué bonito era!
Ese día, había salido sólo, sin los colegas. Aprovechando la mañana soleadado de este otoño veraniego que se alarga en el tiempo.
Desde allí ojeaba todo.
La idea era esa: "Respirar, Descansar, Pensar y Olvidar".
¿Olvidar? ¿El qué? No, no. Eso no se puede olvidar. No se puede olvidar que casi muero en una curva. ¡Sí! La famosa curva maldita. Esa, en la que me tropecé con ese gamo. Ese ciervo inmenso que corría por la montaña. Ese gamo al que atropellé y maté y casi me cuesta la vida. Ese gamo que me hizo perder la carrera y la cabeza. No, no. No se puede olvidar.
La culpa fue de mi abuela. Si, ella. Con su manía de lavar todo; de mezclar, de no separar, de tener todo desordenado y guardar a su manera; por que si ordenara toda la ropa por colores o tamaños o calcetín con calcetín, jerseis con jerseis, estarían mejor las cosas y podrían encontrarlas.
Pero no. Tuvo que desordenar y mezclar toda mi ropa con la suya. Y, asi fue, que me tiré casi/más de una hora buscando "mí" calcetín rojo. Ese con el que ganaba todas las carreras. Y, nada. No hubo manera. Así fue como al llevar puestos otros calcetines diferentes aparecí en el hospital todo magullado y lleno de heridas y moretones.
¡Qué follón! Toda la prensa molestando. Y fotos y preguntas y entrevistas. ¡Qué pesados! No se puede vivir así...
Menos mal que ya estoy aquí. Sobre mi moto, oteando todo.
Como un Cid sobre su Babieca.
POEMA XXXVI: CANTO DE GUERRA
POEMA XXXVI
CANTO DE GUERRA
"Mi canto de guerra,
canto a Artemisa,
Diosa Guerrera
y enfermiza,
rodeada de ciervos.
Mi hermano, Apolo,
Tigre Gatuno.
Ronroneo pequeño
Tic-Tac del reloj... Viajero
de paz en paz.
Duerme en mis brazos,
chupa el néctar
y sueña también.
De pie, sobre la colina,
el gato espera.
¡Artemisa! - Dice el viento -
corre y salta, es tarde.
Anochece por el valle.
Salta y corre.
Apolo atiende".
POESÍA XIV
POESÍA XIV
"No volveré a sentir
sus manos en mi piel.
Ni volveré a besar
esos dulces y tiernos labios,
sabiendo que su corazón
ya no me pertenece...
Y no volveré a sus brazos
como antaño sucedía
con frecuencia...
Sin pesar, su fantasma
estará aquí conmigo,
al igual que el mío con él.
Hasta que los dos
aprendamos a seguir
vivos."
ODA I: "Eros y Artemisa".
ODA I
"Cuando por el pecho
me recorría tu mano,
todos mis sentidos
eran tuyos...
Un suspiro, tu risa
y el dulce sabor
de tus labios;
me producía
un desgaste corporal,
hasta completar
tu cuerpo con el mío.
Era un placer indescriptible.
La luna, iluminaba tus ojos
haciéndolos más sabrosos...
... Y tu mano recorría
mis senos con soltura.
Tuyos eran y mi corazón,
galopaba junto al tuyo
sin querer detenerse.
Tu mano, posada suavemente
(a mi izquierda),
latía con mi corazón
y lo calmaba".
"Daniela"
DANIELA
Mi pequeña sobrina se llama Daniela,
y su alma orbita en ésta esfera.
Mi pequeña sobrina Daniela,
tiene los ojitos llenitos de estrellas.
Además, de esos ojos, tiene mi niña,
una inmensa y preciosa sonrisa felina.
Mi pequeña, sobrina Daniela,
Ha cogido en sus manos la luna llena.
"90 Minutos"
90 MINUTOS
- En 90
minutos, una sonda espacial recorrerá el espacio desde Cabo Cañaveral hasta
Marte, ese planeta rojo y posiblemente con vida, donde viviremos más adelante,
para su colonización.
- En 90 minutos,
una aeronave saldrá de Liverpool y llegará a Sydney; evitando 24 horas de viaje
desde Europa hasta Australia.
- En 90
minutos, realizarán una operación a corazón abierto desde una plataforma
aeroespacial y será retransmitida a toda la comunidad científica mediante WhatsApp.
- En 90
minutos, puede que muchos niños estén admirando a su mascota favorita desde una
altura de más de 45 metros para poder estudiarla mejor.
- En 90 minutos,
un meteorito de dimensiones extraordinarias, se estrellará contra La Tierra y no
lo sabremos nunca.
- En 90
minutos, te llegará una carta certificada para poder darte entrega del último
fasciculo de "Superman".
- Y yo,
mientras, en 90 minutos, llamaré a La Tierra, para darme cuenta de que ya no
estás.
La Estepa Siberiana
LA ESTEPA SIBERIANA
Mira, ¿ves esa casa?
Aquí vivía yo con mi madre y mi hermana. Una casa pequeña de dos habitaciones.
Nunca tuve habitación propia, hasta que me fui a la universidad. Pero eso no
importa, allí vivimos aventuras de princesas y piratas, de bandoleros y
sirvientas, de enfermeras y abogados… Todo junto, sin distinción de clases,
héroes imaginarios o reales que al final
me hicieron confundir a mi abuelo, al que no conocí, con Miguel Strogoff.
Yo quería algo así,
recorrer por las tardes en mi habitación
toda la estepa siberiana a caballo, de norte a sur y volar y tener aventuras y
que me diera el viento del norte sobre el rostro, por eso creo que me hice piloto.
Para poder escapar de un destino insulso y aburrido, para embarcarme en
otra realidad de hoteles, aviones, países y culturas diferentes a la mía, que
me hacían recordar todas las aventuras vividas en la habitación que compartía
con mi hermana.
EL RÍO
"Me despierto y pienso en mí como si fuera un hombre. Y cuando planto mis pies en el suelo de madera comienzo a imaginarme muy alto, ancho de hombros, un pintor que no se peina y anda como un torpe por la cocina".
No entro casi por las puertas. Me doy con la cabeza en el techo y me tengo que agachar. Mi mano derecha toca mi cabeza y noto una herida. En los dedos de mi mano veo sangre y casi me mareo. Me tengo que sujetar a la pared. Soy muy alto y muy grande. Tengo que salir de aquí; de ésta casa.
Soy como Alicia que un día comió unas galletas y creció y creció hasta llegar al cielo. Yo igual.
Debí crecer mientras dormía y ahora mi casa se me queda pequeña. Tengo que salir de aquí; me asfixio, no puedo respirar.
Rompo el cristal de la ventana y salgo a la calle. Quiero correr, más no puedo. Mis piernas pesan más de lo normal. Con mi gran peso, hago agujeros en la carretera, ya que las aceras se me quedan pequeñas de lo grande que soy e intento seguir corriendo; aunque no puedo. Soy grande y peso mucho.
Aplasto coches y árboles. Todos los vecinos me gritan. Tengo que salir del pueblo; buscar refugio, un lugar para mí donde poder estar y relajarme. Me tiran piedras. ¡No ven que me hacen daño!
Voy todo lo rápido que puedo, casi llorando. Rompí mis zapatos, voy descalzo y tengo heridas en los pies.
Me tengo que sentar. Veo una gran piedra a un lado de la carretera y me siento. Quiero descansar, respirar y pensar.
Creo que es tarde. El cielo se va oscureciendo poco a poco.Tengo hambre. A lo lejos oigo el ruido de un río. Allí puedo ir a pescar y cenar algo. Menos mal que llevo unas cerillas en el bolsillo del pantalón.
Al lado del río puedo poner mis pies dentro del agua y curar mis heridas; además descansar y pescar.
¡Aquí hay buenos salmones!
Me instalé allí y poco a poco pude encontrar mi sitio. Las gentes del lugar empezaron a conocerme y a traerme mantas y quesos que preparaban para mí.
Así, sin darme cuenta, encontré mi paz.
MENTALISTA O HIPNOTIZADOR
"Cuando me realizaron esta fotografía, yo estaba en el Palacio de verano, ese que mandó construir Catalina la Grande para su disfrute personal y alejarse un poco de la Corte, a unos 25 km de San Petersburgo Desde la ventana, veía a las jóvenes princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia jugando a un deporte nuevo que habían traído unos parientes ingleses de la Reina Alejandra; parecido al tenis. Estaban las dos hermanas mayores enfrente de las dos menores con unos vestidos cortos de color crema y unos sombreros atados con un lazo azul al cuello. El zarévich Alexis estaba a mi lado preparado para hacernos las fotos junto a la Zarina Alejandra, mujer del Zar Nicolás y nieta de la Reina Victoria de Inglaterra.
Era primavera y estaban jugando al tenis bajo la atenta mirada de su padre el Zar Nicolás mientras tomaba un té con hierbas y fumando un puro. Hacía buen tiempo y se pusieron a jugar las cuatro.
El pequeño zarévich tenía una enfermedad que yo sabía controlar y por eso la zarina me protegía. Con mis plegarias rezando y el zarévich mejorando, no permitía que los médicos me interrumpieran o decidieran que medicamentos debía tomar.
Poco imaginábamos que quedaría año y medio para que la dinastía desapareciera. Justo hoy, se estaban preparando las celebraciones por el aniversario de sus 300 años reinando en estas extensas tierras.
Mirando los árboles, dejé volar mi imaginación y recordé el monasterio donde aprendí mis conocimientos. Allí donde entré casi huyendo de la miseria y encontré un mundo diferente de conocimientos insospechados. Yo, un vulgar malandrín, salido de la nada pero avispado, supe ganarme la confianza del monje que me instruyó en las artes adivinatorias y de la curación de remedios ancestrales poco conocidos entre gente refinada. También me enseñó a fijar la vista en el alma de los gentes rusas, que se quedaban absortas y seguían sin dudar nuestras instrucciones, logrando curaciones a sus males, más rápidas que con las auxilios prestados por los pocos médicos rurales que asomaban por allí.
¡Qué tiempos aquellos!
Las damas de la Corte eran igual que las campesinas de mi pueblo. Me perseguían por todas las salas de palacio, para poder acercarse a Dios, mediante mis besos y abrazos. Creían, que yaciendo conmigo llegarían al cielo.
Yo no sabía cuántos enemigos tenía a mí alrededor.
En una de las fiestas del palacio Yusupov, el Príncipe Félix Yusupov, casado con una sobrina del zar Nicolás, me invitó y me vestí para la ocasión; me bañé y me puse una de mis mejores camisas de seda bordada y pantalones de terciopelo. Allí me recibieron y mientras esperaba a la Duquesa, me llevaron a un sótano, donde me habían preparado unos pasteles con cianuro y vino dulce que contrarrestó el efecto del veneno.
Como los pasteles no me hacían nada, me levanté e intenté escapar, uno de los amigos del príncipe me disparó tres veces por la espalda y caí al suelo. Me dieron por muerto y como seguía vivo, me golpearon en la cabeza y ataron mis manos con unas cadenas de hierro. Después me tiraron al río, tres días más tarde, encontraron mi cuerpo flotando en las aguas del Neva.
Cuando sacaron mi cuerpo, se dieron cuenta que mis pulmones estaban llenos de agua. Después de intentar matarme con venenos y disparos: ¡Simplemente me ahogué!"
Gregorio Rasputín, murió a finales de diciembre de 1916, unos meses antes de la Revolución Rusa y de la caída del imperio más extenso del siglo XX.
Nocturno
“Todas las mañanas, nada más levantarme, lo primero que hago es mirar las esquelas del periódico”.
El humo de la taza de té, me lleva a evocar una noche de neblina en la que paseaba por el Támesis; ese río oscuro y ancho que cruza mi ciudad de norte a sur. Yo estaba allí tranquilamente paseando, cuando de repente, oigo ruidos de pisadas y gritos en los callejones donde se suelen avistar pequeños grupos de burgueses que se dirigen a las tabernas donde buscar distracción y alguna que otra noche de sexo rápido y fugaz.
Yo, me agazapo, tras los muros y observo como se ríen, se mueven y se acercan a esas chicas flacuchas y con los pequeños pechos al aire. Tienen los pelos alborotados, las manos negras y la cara sonrosada por el frío y el alcohol.
Las miro de lejos y voy eligiendo aquellas que se quedan solas y van a sus cuartos sucios y grasientos, donde duermen a oscuras.
Yo, entro despacio y las voy destapando con la mirada y luego les quito la manta raída y con mi cuchillo acaricio su piel con una sinuosa curva hasta que veo su brillo en sus ojos y su horror en el rostro. Una a una las voy abriendo y saco sus intestinos, sus vísceras, sus entrañas… todo huele a miedo y dejo el cuarto lleno de sangre y me llevo su rostro reflejado de miedo en mi memoria.
El cuarto está silencioso y revuelto y sangriento. En mi maletín guardo los cuchillos y los instrumentales que utilizo para descuartizarlas. Llego a mi casa, me lavo un poco y duermo hasta que mi sirvienta me despierta y abre las cortinas de mi habitación. Me trae mi oloroso té con galletas de mantequilla y The Times.
Busco rápidamente las páginas donde vienen las esquelas, leo y busco los nombres de las personas fallecidas, pero sólo veo pequeñas descripciones de muertes misteriosas en los barrios bajos llenos de prostitutas.
Me recreo leyendo cada detalle, incluso me excito. El sudor y la sangre me provocan y quiero más. Mi corazón se acelera y saboreo mi saliva, me entran ganas de limpiar mis herramientas y preparar otra visita nocturna con mi mejor traje y mi capa negra.
¡Otra vez saldré de caza!
INCONSCIENTE Y DESORIENTADO
Cuando desperté el dinosaurio seguía allí. No quería que me viera y yo seguía escondido bajo el tronco de un árbol que encontré. Llevaba mi cuchillo en la mano por si intentaba atacarme. Estaba amaneciendo y había sido una noche larga y oscura. Estaba respirando lentamente, porque no sabía si el dinosaurio seguía vivo; después de la lucha y de correr por toda la ladera, estaba cansado y deshidratado.
Mi tribu estaba muy lejos. No podía pedir ayuda a nadie. Éramos él o yo. No quería hacer ruido y no me atrevía a moverme; pero tenía que salir de allí, morir o esperar que se fuera.
Vi que el sol empezaba a levantarse en el cielo y que iluminaba la ladera donde estaba tumbado. Desde donde yo estaba, la piel del dinosaurio brillaba bajo la luz del sol y tenía una mancha marrón que parecía que se estaba extendiendo por la tierra y le oía gemir como si le doliera ya que con su lengua empezó a lamer la herida para intentar curarse. Salía una saliva espesa y de color amarillento. Yo no sabía qué hacer. Desde que salí de la cueva en la que estaba con mi tribu no me acordaba muy bien de lo que había pasado desde entonces ni de cómo había llegado hasta allí ni porque estaba ese dinosaurio tumbado y con esa herida…
Sólo sentía un gran dolor en la cabeza; como si me hubieran dado un golpe o algo parecido. Me toqué y tenía un chichón, la cabeza empezó a darme vueltas. Me tumbé y mis ojos se fijaron en la gran bola de fuego que caía desde el cielo. Eran varias bolas ardientes y el dinosaurio intentó levantarse para salir corriendo; aunque tenía la herida en la pierna. Se fue levantando poco a poco para poder escapar de las bolas de fuego. Yo hice igual; pero al estar dentro del tronco me di otro golpe en la cabeza y caí…Me quedé inconsciente y desperté desorientado… Y el dinosaurio seguía allí.
Las Manos
- Hola María, ¿qué tal estás? Un besito. Mua mua. ¿Nos sentamos?
- Hola Marta. Claro. ¡Ah! Qué noche
- Cuenta, cuenta ¿qué es qué…? ¿Carnicero?
- Sí y trabaja en MercaMadrid.
- ¡Ah! Qué asco. Si te ha sobado y magreado con sus manos. Esas manos grandes y gordas.
- Pues tiene una chistorra, digo unas… Se levanta a las tres y las trae.
- ¡Qué formalidad!
- Pues sí, es verdad. Trabaja mucho, madruga y trae la carne congelada; además es el primero en poner su mostrador y colocar la mercancía. A veces, le veo bajar del camión con un cerdo a sus espaldas; entrar en las cámaras frigoríficas y colgar los cerdos en los pinchos.
- Sí. Yo siempre le veo cuando voy a trabajar. Te atiende fenomenal en su tienda y corta la carne con delicadeza.
- ¿Sabes? Le encontré en la discoteca del barrio, con sus vaqueros, su jersey verde oscuro y sentado en la barra tomando su cerveza. Y Allí estaba yo, con mi blusa escotada, mi minifalda negra y esos tacones impresionantes que me elevaban hasta él. Me acerqué, sus ojos me hechizaron. No veas como me comía con los ojos.
Esos ojos marrones y profundos que me derretían al andar. ¡Uf! Casi me resbalo por mis tacones; pero él me agarró y pude sentir sus brazos duros y fuertes. ¡Uf! ¡Qué sensación! Me agarraba como Dios manda. ¡Sí Señor!
- ¡Anda ya, María! No puede ser así
- ¡Qué sí! ¡Qué sí! ¡Qué es verdad!
- Bueno, sigue. ¿Y qué más pasó?
- Pues nada, nos liamos en el bar y me sobó todo lo que pudo y más. Al final, nos tuvimos que ir a su casa, no aguantaba más. Me lo quería comer enterito. ¡Qué gozada! Nunca pensé que un tío tan grande y tan feo pudiera hacerme sentir así. ¡Y sus manos! ¡Uf! Lo mejor. Chupando sus deditos uno a uno.
- No te creo; debe tener las manos más ásperas y apestosas de todo el mercado, si coge animales congelados y cabezas de cerdo.
- Envidia que te da. ¡ja!
- A la próxima me lo tiro yo, a ver si es verdad.
Los Guantes de Gilda
En los años 40, estaba de moda España y muchos famosos venían de Hollywood para disfrutar de sus famosas fiestas, toros y vinos. Una de esas estrellas fue Margarita Cansino, más conocida como Rita Hayworth. Venía precedida de grandes escándalos, desde cuatro o cinco matrimonios, mejor actriz y bailarina, hasta símbolo erótico.
Los madrileños pudieron ver en diciembre de 1947 el estreno de la película que llegaba a nuestra ciudad con gran fama. La iglesia católica la consideró un escándalo y gravemente peligrosa. Todos los españoles pensaban que la actriz realizaba un striptease y que aquí la habían cortado los censores y sólo se veía la escena en la que se quitaba el famoso guante. Parece ser que a los hombres les parecía normal eso de dar un bofetón a una mujer tan exuberante.
Como no entendía muy bien lo que le contó su abuela, cuando creció y pudo ver la película en vídeo y se dio cuenta que era una historia bastante movidita, donde Glenn Ford es amante de Gilda y su marido desaparece.
Con ese guante se volvió fetichista. Quería unos guantes iguales y hacer lo mismo con ellos: “Quitárselos muy lentamente”.
Ese era su sueño: unos guantes negros como los de Gilda.
Le costó encontrarlos, estuvo varios días buscándolos. Cuando los vio en una tienda de la Gran Vía de Madrid, bajando desde Callao a Plaza España, no lo dudó ni un segundo. Eran los mismos que usó Rita y no tuvo más remedio que entrar y comprarlos. Se los habían puesto a un maniquí con un vestido largo de noche y negro y una peluca pelirroja. Como la actriz. Parecía increíble, pero al fin los encontró. Eran sedosos, largos y negros. ¡Maravillosos! Tal y como los había soñado. Lo que necesitaba.
No se lo podía creer, pero por fin los tenía en sus manos. No paraba de tocarlos todo el rato. ¡Qué suaves son! ¡Qué largos! Perfectos para mí. Le llegaban casi al codo. No podía esperar a llegar a casa y se los puso.
¡Qué sensación más increíble! Se sentía flotar y mayor, de repente.
Ahora entendía por qué al quitarse los guantes, ella bailara y lo moviera. Te hacían sentir poderosa. Que se podía dominar todo si los llevabas puestos. En su retina todavía se podía ver como bailaba y se iba acercando al espectador con esa mirada felina, con esa melena pelirroja larga y suelta y toda su figura inmensa.
¡Preciosa imagen!
Por la noche, en casa, se preparó para salir al escenario vestido de esa forma para su actuación en el cabaret de Latina. Y consiguió muchos aplausos. Él creía que su éxito se había terminado, pero cuando se puso esos guantes se dio cuenta que así no habría nadie que le hiciera daño, que todo por lo que había sufrido se había esfumado y su padre nunca más le volvería a tocar y solamente conseguiría el respeto de su público innovando y preparándose para sacar lo mejor de su repertorio.
Vestido de Gilda, cosechó grandes éxitos y viajó mucho por toda España. En esa España que no respetaba las ansias de volar de las personas con grandes miras a las estrellas.
Un día, cuando iban por la carretera para su próxima actuación, un camión se cruzó con ellos y murieron en el acto. Los guantes saltaron por los aires mezclados con los rollos de bobina que llevaban: era la película de Gilda.
Así todo se acabó: El sueño de Gilda se fue para siempre en la memoria.
ESPERANZA
ESPERANZA
- Mi corazón sensible
Lloraba por el daño producido,
Que vivía incomprendido
Tras la jaula invisible
Y mental del camino.
- Junto a la chimenea,
Veía un anochecer oscuro
Que presagiaba, ¡Oh, luna llena!
Su llegada, mecida por el viento frío.
- Sus ojos, rojos del calor del fuego
Reflejaban ira, compasión y miedo…
Sólo una cosa despertó en ella
Al crepitar las llamas:
-Su voz sonora, dulzona.
Su olor, su sombra.
Su nombre y persona.
Todo quedó en silencio,
Al besarla...
Alí, Mi Abuelo
Mi abuelo nació en Sebastopol, era militar. Durante su infancia y adolescencia se la pasó de cuartel en cuartel hasta convertirse en un gran soldado y llegaría a Teniente. Era disciplinado y valiente; además de culto e inteligente.
Mi abuela, que le conoció en una pastelería, le pareció guapo, educado y culto.
Como estaban en posguerra, tuvieron un corto noviazgo y cuando se casaron, mi abuelo pidió destino a Madrid. Gran ciudad, moderna y avanzada para el momento. Lo que más le sorprendió fue el metro. Ese gran monstruo que circulaba por debajo de las calles y recorría Madrid de palmo a palmo.
A mi abuelo, lo que más le gustaba era pasear por la Gran Vía, aquella famosa calle llamada Avenida de José Antonio. Con edificios nuevos y altos y tranvías y metros...
¡Qué bien lo pasaba caminando con mi abuela agarrada de su brazo!
Iba con su uniforme de gala todo lleno de medallas y mi abuela con el pelo rizado; con esas pinzas ardientes que hacían ondular su cabello. Se sentaban en una terraza a tomar chocolate con churros mientras veían pasar algunos automóviles que poco a poco irían invadiendo las calles de Madrid.
Mi abuelo era alto y fuerte para mí y mientras escuchaba música en su nueva radio, me dejaba bailar con él subida a sus botas. Yo era feliz y volaba con él.
Escuchaba algún concierto cerca del Templete del Retiro, donde todos los domingos por la mañana, la Banda Municipal tocaba algún Chotis.
En mi memoria infantil, se repetía: " Madrid, Madrid Madrid..."
Mi abuela, que le conoció en una pastelería, le pareció guapo, educado y culto.
Como estaban en posguerra, tuvieron un corto noviazgo y cuando se casaron, mi abuelo pidió destino a Madrid. Gran ciudad, moderna y avanzada para el momento. Lo que más le sorprendió fue el metro. Ese gran monstruo que circulaba por debajo de las calles y recorría Madrid de palmo a palmo.
A mi abuelo, lo que más le gustaba era pasear por la Gran Vía, aquella famosa calle llamada Avenida de José Antonio. Con edificios nuevos y altos y tranvías y metros...
¡Qué bien lo pasaba caminando con mi abuela agarrada de su brazo!
Iba con su uniforme de gala todo lleno de medallas y mi abuela con el pelo rizado; con esas pinzas ardientes que hacían ondular su cabello. Se sentaban en una terraza a tomar chocolate con churros mientras veían pasar algunos automóviles que poco a poco irían invadiendo las calles de Madrid.
Mi abuelo era alto y fuerte para mí y mientras escuchaba música en su nueva radio, me dejaba bailar con él subida a sus botas. Yo era feliz y volaba con él.
Escuchaba algún concierto cerca del Templete del Retiro, donde todos los domingos por la mañana, la Banda Municipal tocaba algún Chotis.
En mi memoria infantil, se repetía: " Madrid, Madrid Madrid..."
Las Fuerzas de la Naturaleza
Cuando lo vi, no me lo podía creer. Estaba ante uno de los querubines más famosos de todos los tiempos. ¡Los Querubines!
Esos seres tan encantadores y angelicales, de los que me hablaba siempre mi abuela, que era tan dulce y siempre olía a galletas recién hechas. De pequeña, ella me hablaba de ellos. De esos seres tan pequeños que hacían travesuras a los humanos. No para reírse de nosotros; sino para que nos diéramos cuenta que les gustaba jugar con nuestras cosas y que aparecieran donde menos te las esperabas.
Mi abuela, se reía, y decía que eran pequeñas criaturas de Dios, que las había enviado para hacernos la vida más divertida.
Yo estudié pintura y aprendí restauración en la Universidad de Londres. Me enamoré de las técnicas medievales y éstas me llevaron a Roma. Gracias al rector de la Universidad, pude visitar El Vaticano, dónde por esas coincidencias me dejaron restaurar un trocito de La Capilla Sixtina.
Y allí estaba yo, cual Miguel Ángel, subida al andamio con una linterna, mi bata blanca y mis pinceles. Observando toda la magia que se encontraba sobre mi cabeza.
Casi me desmayo al contemplar tanta belleza. ¡Qué color! ¡Qué maravilla!
Toda encajaba como una sola pieza: “Dios, La Creación del Hombre, los Sabios, La Naturaleza… “Todo perfectamente encuadrado.
Sin susto. Fui despacio y me di cuenta que en una de las zonas que empezamos a restaurar, iban apareciendo nuevas imágenes desconocidas. Como si Miguel Ángel, hubiera pintado y corregido encima de ellas. La limpiamos con sumo cuidado y fue apareciendo el querubín más sonrosado y rubio que hubiera visto en mi vida.
¡Cuánta delicadeza en sus rasgos!
Fue un descubrimiento increíble. Único a nivel artístico. Salió en la prensa como por arte de magia. Un descubrimiento a nivel mundial…
Imposible de creer.
Fue preciosa, la recepción, el reconocimiento artístico y todo los demás…
Para mi impensable.
Curiosamente, cuando salía de la recepción; una pareja que se besaba en el coche, se estrelló contra el cristal del salón donde la imagen del querubín se reía sin cesar.
“ESPEJITO, ESPEJITO”
“Espejito, espejito”. ¿Quién es la más guapa del reino?
¡Vaya tontería! ¿A quién se le ocurrió escribir este texto?
¿Quién va a ser la más guapa? Pues yo.
¿Cómo lo va a ser esa niñata de ojos negros como el carbón
Que va por todo el palacio con ese delantal amarillo cantando con los pajaritos?
¡Debe estar loca! Cantando sin parar. No me deja dormir la siesta.
Cuando lo intento, va y me despierta y me dice:
“¡Madrastra, Madrastra! Despierta, vámonos al bosque a por fresas, que están muy ricas y luego hacemos un pastel con ellas. ¡Qué pesada!
Si no sé cocinar y además me dan alergia.
Es un poco tonta. Mi pobre esposo no sé qué la enseñó: muchos latines, mucho tocar el laúd, aprender danza pero nada más…
¡Ay, Dios mío!
Se podría estar quieta. La dejaré que se vaya al bosque a por fresas y a cantar.
A ver qué pasa…
¡Qué raro! Ya es de noche y la niña esa no viene. ¿Le habrá pasado algo?
Bueno, no es mi problema. Seguiré mirándome en mi espejo”
EN BLANCO Y NEGRO
El magnate George Turner y su amante y actriz de cine, Cecilia Von Carter, fueron a cenar al famoso “Cutton Club” que estaba de moda esa noche por las actuaciones de chicas exóticas y música jazz.
A la mañana siguiente, cuando subieron el servicio de habitaciones, se los encontraron uno en la bañera, apuñalado por la espalda y la mujer en la cama, toda revuelta, con el cuello ensangrentado. Cecilia estaba desorientada, no se acordaba de lo que había pasado la noche anterior. La policía no hacía más que dar vueltas y vueltas por toda la habitación y se mareaba de ver a tanta gente por allí.
Le hacían preguntas y más preguntas, pero no se resolvía nada.
Necesitaba respirar, salir de allí. Era todo caótico: la policía, los periodistas, los del hotel… todo el mundo detrás de ella ¡Vaya pesadilla¡
Era inimaginable ¿Qué había podido suceder? ¿Por qué estaba toda la habitación revuelta?
Y, ¿cómo llegó George a la bañera y amaneció apuñalado?
Eran demasiadas preguntas que ahora no sabía responder. Necesitaba alejarse de todo y el único sitio donde pudo ir era a la antigua cabaña de la montaña. Su manager la había recogido en la habitación del hotel y mandó el chófer que se la llevara lo más lejos posible de allí: no podía permitir que la imagen de su querida actriz acabara en los periódicos de toda la ciudad. Tenían que guardar su intimidad lo antes posible; aunque en una ciudad como Chicago eso era imposible de conseguir.
Unos cuantos años antes, cuando la descubrió en un pequeño pueblo de Carolina del Sur, trabajaba en una fábrica textil de la zona, rodeada de telas e hilos por todos lados. Era pequeña, rubia y enseguida se ponía colorada por el sol. No era el tipo de mujer que gustaba en el pequeño mundo del cine, pero tenía un brillo natural en sus ojos que hacía que la cámara y los espectadores se enamorasen de ella, con esa vocecita tan dulce que parecía una mariposita que había que resguardar de cualquier intruso. Sólo por ella valía la pena vivir.
Era su musa, su objeto, la que de verdad hacía que todo tuviera sentido. Su obsesión. Había que protegerla a toda costa, envolverla en celofán y prepararla sólo para que actuara, cantara y bailara… siempre para él.
Sin embargo, no se pudo imaginar todo lo que supuso su llegada al mundo del cine. Los éxitos, los premios, las galas, los viajes… todo fue imprevisible.
Los regalos, las joyas, las casas… Era ella la dueña de todo; casi era propietaria de la compañía cinematográfica. No podía controlar sus caprichos, sus deseos y sus bombones rellenos de licor. Infantil.
¿Cómo se puede controlar a un ser sacado de una fábrica de alfombras al que se le había dado todo? No lo podía imaginar.
En una de esas galas, se sentó en la misma mesa que George Turner. Ese engreído ricachón que se llevaba a cualquier mujer. Cuando le presentaron a Cecilia, no lo dudó ni un momento: sería para él.
Perfecta para coleccionarla y presumir ante todos los que le envidiaban. Estuvieron toda la noche charlando y bebiendo, hasta que les echaron. Subieron en un taxi negro y se dirigieron al hotel, donde horas más tarde los encontraron así. De aquella manera.
La policía habló con todos los huéspedes del hotel y no encontraban nada sospechoso, solo el ir y venir de un camarero que llevaba bebidas a la habitación. Ya desesperados, uno de los detectives habló con un matrimonio que venía de pasar la noche en el casino donde los vieron por última vez. Le contaron que lo único raro es que se tropezaron al salir del hotel con un señor vestido con una gabardina marrón y un sombrero del mismo color, de estatura media, que les saludó. El policía creyó ver una buena pista; ya que todas las sospechas recaían sobre el manager de la actriz.
Tuvieron que realizar pruebas a todos los trabajadores del hotel y los huéspedes. En la habitación encontraron las huellas de cuatro personas: las de George, las de Cecilia, las del manager y unas huellas desconocidas.
Se investigó la vida de estos dos últimos y descubrieron que una de las camareras había pasado una tórrida noche con el millonario y había dicho que pronto se casaría con ella. Tras un severo interrogatorio confesó al final que le había puesto barbitúricos aprovechando que tenía la llave maestra. Disfrazada de hombre, subió a la habitación y se vengó de él.
ÁREA ESTELAR 48
"ÁREA ESTELAR 48"
¡Alarma, alarma!
Todas las pantallas de la nave estelar 565 estaban recibiendo mensajes de alerta y se iban encendiendo las luces de emergencia. La nave se movía por todos lados, no había estabilidad lineal y los monitores se apagaban y encendían. El segundo de a bordo estaba sincronizando las coordenadas desde su puesto de mando.
- “¡Rápido! Dijo: “Despertar al capitán”. Desconectarle de su cámara de sueño y darle un buen reconstituyente vitamínico y que se presente inmediatamente en la torre de control, necesitamos sus instrucciones para poder llegar al área estelar 48, repostar y revisar los motores que han sufrido los ataques de los drones draconianos y se han infiltrado en nuestros conductos internos de la nave.
- ¡Señor! – Dijo su ayudante. No podemos despertar al capitán, acaba de reiniciar su fase de sueño y dijo que no le molestáramos a no ser que fuera necesario. Además, podría provocar destrozos irreversibles en sus fases del sueño y su cerebro; incluso en los movimientos de su cuerpo.
- No te preocupes, Richi. Aún no ha entrado en la fase de sueño profundo y puede ser despertado sin que afecte a ninguno de sus puntos fuertes. Date prisa que necesitamos su ayuda ya.
En seguida fueron al camarote del Capitán para poder despertarle lo más rápido posible y explicarle la situación. Costó un poco, porque las normas de seguridad para realizar el despertar eran un poco lentas y así evitaban posibles lesiones en el cerebelo. Realizada la operación, el Capitán despertó sin ningún tipo de problemas, se tomó el reconstituyente y fue a la sala central de la nave donde el Segundo le puso al tanto de la situación.
Lo primero que mandó fue poner el escudo protector de la nave. Comprobar que las defensas estaban activadas al máximo. Leer el informe de su ayudante para ver qué zonas de la nave estaban destrozadas.
A continuación se sentó en el ordenador para proceder a una revisión detallada y completa de cada sector de la nave. Cerró las compuertas una a una, para facilitar el análisis independiente. En las expertas manos del capitán la computadora se convirtió en un ser vivo que enviaba a nano-robots simultáneamente a diferentes espacios de la espaciosa nave. Comprobando su funcionamiento y reparando pequeños desgastes componiendo un precioso encaje de bolillos allí y allá.
Al llegar a la zona de carga y observaron un desplazamiento de varias cajas de material especial. El capitán dijo: “No. Eso no. Hay que evitar que ese material salga de la nave. Manda a los robots a la zona de carga. Los drones han provocado la inestabilidad de la nave al haber entrado en los conductos del aire”.
Inmediatamente, los robots se dirigieron a la zona de carga para hacer una inspección minuciosa. Estaban preparados para un ataque sorpresa ya que iban con sus láseres y armas defensivas instaladas dentro de su armadura. Al llegar allí, no se movía nada ni nadie. Un silencio incómodo lo llenaba todo. Desde la zona de control, visualizaban cada centímetro segundo a segundo. De pronto se descontroló todo. Salían de todos los rincones miles y miles de drones draconianos teledirigidos desde no se sabía dónde. Disparos y más disparos. Cajas caídas. Robots disparando por todos lados y los drones ganando palmo a palmo la situación.
Esto iba a peor – Capitán, ¿Qué hacemos? Dijo el Segundo. No hay manera de parar todo esto; tenemos que hacer algo de inmediato.
“Busca sus puntos débiles”. Dijo el Capitán. “Tiene que haber algo que haga que se destruyan”.
“Habrá que distraerlos de alguna manera”. Sugirió el Segundo.
Manda a los robots que lancen gases o disparen a su estructura exterior para ver si afecta a alguno de sus sistemas técnicos y apaga las luces para saber en qué zona caen. Tráeme uno aquí, desarticula sus órdenes y mira si tiene alguna cápsula de memoria para saber quién está detrás de todo este desastre.
A sus órdenes, mi Capitán. Respondió el Segundo.
En seguida se puso a realizar todo lo indicado por el Capitán y gracias a sus órdenes, consiguieron dominar la situación en la zona de carga. Recuperaron las cajas que querían proteger; pudieron estabilizar la situación y controlar a los drones draconianos.
Llevaron a uno de ellos a la Sala de Control y allí mismo fueron desconectando todos los cables y buscando la cápsula de memoria. Con el chip que encontraron, leyeron una orden del Clan Draconiano de la Colonia Norte del Área 53.
Estabilizaron la nave y pusieron rumbo al área estelar 48. Llegaron y enseguida fueron a hablar con sus superiores sobre el ataque draconiano, llevando consigo el chip que en la nave no podía leer correctamente su contenido porque no tenían el sistema de traductor del lenguaje draconiano.
Se lo entregaron a uno de los técnicos especialista en lenguajes de la comunidad draconiana. Puso el chip en la computadora central para que todos los presentes pudieran leer el contenido de la cápsula. En la pantalla se podía leer que todos los drones draconianos debían atacar a las naves de los humanoides para evitar que robaran su más preciado mineral que les servía para alumbrar sus ciudades y protegerles de sus atacantes.
Eso era lo que llevaban en la cámara de carga. Ese preciado mineral que servía a los humanoides para poder respirar en otras galaxias. Por eso habían sido atacados por los drones. La confederación de galaxias ya se había reunido hacía tiempo para resolver éste problema, pero parecía que al Clan Draconiano no le había gustado mucho la decisión de compartir todo ese mineral que solamente estaba en su planeta. Tenían que poner otra vez en aviso al Consejo Mayor para que solucionara de una vez por todas, éste problema que afectaba a todos los humanoides.
De pronto, en la pantalla central de la nave apareció un mensaje del Clan Draconiano reclamando de manera urgente un encuentro en el Área 48 para poder hablar. Allí se reunirían con el Consejo y se decidiría que hacer…
Se oyó un grito en la casa: “Roberto, deja de jugar a la Tablet y ven a poner la mesa que es hora de cenar”.
¡Mamá¡ Déjame terminar la partida que no podré salvar a mis humanoides.
Deja la Tablet de una vez, como sigas así no podrás salir en todo el fin de semana.
Vale, ya voy. Dejaré a los humanoides que se tele-transporten para que puedan hablar con los draconianos.
03:43 a.m.
David estaba preocupado. No sabía si había hecho lo correcto o si las cosas se podrían haber arreglado de otra manera. Estaba en una encrucijada. ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar el problema?
La noche de autos, estaba conduciendo de noche por la carretera. El cielo estrellado. Una noche oscura… luces de coches cruzándose con él. Su cabeza era un caos, pero extrañamente él se sentía en silencio.
La radio encendida y la locutora explicando que se habían encontrado dos cuerpos flotando en el río y la policía y los submarinistas sacándolos junto a sus pertenencias. El detective que llevaba el caso lo tenía claro: “Los habían asesinado y tirado al río”.
¡Qué noche más inoportuna!
Cuanto periodista pegado al puente y la gente mirando.
¡Se podían ir todos a sus casas!
Mucho ruido para nada. ¿Qué más podía suceder? ¿Qué más podía pasar o pedir?
Cuando los encontró unas horas antes todavía estaban vivos celebrando su cumpleaños en una casa rural en la sierra de las afueras.
Todo era normal. Una fiesta cómo cualquier otra, el cumpleaños feliz de siempre, con aperitivos, tarta, bebidas y música. Bueno, lo normal en familia… regalos y esas cosas.
De pronto llamaron a la puerta, era él. Con esos pelos alborotados y los ojos saliéndose de sus órbitas que desprendían fuego e ira. Todo acalorado. Entró como un rayo hacia el salón y sin más empezó a disparar.
¡Qué locura! Disparos y más disparos.
Escapó por la ventana y corrió lo más rápido que pudo, subió al coche sin rumbo fijo. ¿Cómo se pudo llegar hasta este punto?
Sentimientos y más sentimientos. Amor y dolor. No sabía que se iban a complicar tanto las cosas.
Cuando la conoció le dio un brinco el estómago. Era increíble: rubia, blanca, inteligente, culta y divertida. En una palabra: Maravillosa. ¿Cómo podía vivir con ese energúmeno, atontado, grande y fuerte? Era impensable. No se lo podía imaginar.
¿Tendría que presentarse a la policía? ¿Se mantendría al margen? No sabía que debía hacer.
Descansó en una gasolinera y mientras le ponían gasolina decidió tomarse un café en la cafetería para poder poner un poco de orden a las ideas que se le agolpaban en la cabeza.
Fue todo muy rápido. Las imágenes le invadían de una en una e iban muy seguidas. Como todo lo que pasó con ella. Rápido y veloz. Así era ella. Inmensa.
Lo daba todo, sin pensar en las consecuencias. Le gustaban los riesgos y conocerla fue como volver su vida del revés: aventuras en la sierra, esquiando, haciendo escalada y conduciendo sin miedo a la vida. Vivir a tope. Esa era su idea: No parar. Y en el sexo igual: no parar. Le atraía como las moscas a la miel. Era su desafío…
Pero su descuido fue lo que propulsó todo lo que pasó después: unas fotos inoportunas complicaron todo lo demás. El marido las descubrió en los mensajes del móvil y de esta manera se detonó todo hasta llegar hasta esta noche descontrolada y disparatada.
Todo rápido y veloz. Como le gustaba a ella. Entró disparó y la mató. Sin más.
En sus oídos aún retumbaban los sonidos de sus disparos. Todo oscuro y lejano. En su coche decidió ir a la policía y explicar lo que había sucedido. Pero cuando llegó no había manera de que le atendieran. ¡Qué sensación! ¡Un sin vivir!
Un agente le pudo atender al final y cuando iba a escribir sus datos en el papel, no podía coger el bolígrafo. No tocaba sus manos, eran invisibles ¡qué raro! ¿Qué le pasaba? No podía ser verdad. Oía la risa del marido en el recuerdo.
Se veía tumbado en el suelo de la casa con todo un charco de sangre cubriendo su cuerpo y su imagen invisible que se iba diluyendo poco a poco y luego ella, rubia y roja. Sin prisas y con cara sonrosada y pidiendo ayuda. Así se acabó todo: Oscuro y negro.
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