LA GRAN VIA

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LA GRAN VÍA

   Me llegó la cartera con toda la documentación al teatro donde estaba preparando y ensayando mi nueva obra en la gran ciudad de Madrid. Estaba sentado en una de las butacas de la 6ª fila pares donde mejor se contemplaba todo. Allí, sentado, escuchaba y revisaba toda la obra. La verdad, que no esperaba que me la devolvieran. Creo que fue en uno de esos tranvías que iban a las Vistillas y al bajar me di cuenta que ya no la tenía; menos mal que llevaba alguna “Rubia” en mi bolsillo para poder tomar un aguardiente y pasear del brazo de una de esas chulaponas que me ponían un clavel rojo en mi solapa y bailaban un chotis “mu agarraditas”.

   Yo estaba ensimismado con mi nueva obra y lo corregía todo y lo revisaba todo y les volvía loco con mis locuras y correcciones. Y la música… ummm…. La mejor de todas mis obras y mis textos y mis decorados y… Bueno, todo como yo lo quería. Así era yo, me gustaba sacar brillo y luz… supongo que también era muy meticuloso o muy insistente. Claro, tendría mis detractores, mis envidiosos, mis admiradores como cualquier otro artista. Yo, un pobre compositor madrileño. Mediocre para unos y magnífico para otros. No sé, el mundo del “Artisteo”  en así. Mi familia quería que fuera médico y me sacaron del conservatorio. Trabajé con los grandes, yo tenía un gran oído y tocaba el piano tan virtuosamente que todos los periódicos de la época hablaban de mí, me admiraban los críticos.

   Participé, como muchos estudiantes de la época en alguna manifestación contra el gobierno de un general como lo había en muchos otros países y fui detenido. Me llevaron a unos bajos de un gran edificio del centro de Madrid; allí alguna paliza que otra, falta de comida y agua y a pesar de todo supe componer algún que otro vals conocidos más adelante a lo largo de mi carrera.

  Salí de allí de otra manera, viendo la vida de otra forma. Tuve suerte porque mi gran amigo Francisco Barbieri me ayudó a orquestar y dirigir sus obras y me convenció de que dejara la medicina, a la que aborrecía, por mi gran ilusión: “La Música”.

   Pude trabajar como pianista en un teatro maravilloso para mí: Teatro Variedades en la Calle Magdalena número 40. Que fue un antiguo edificio de juego de pelota convertido en teatro  con un aforo de unas 800 personas y donde representaba mis obras del género chico o zarzuelas, que algunos entendidos opinaban que no era de calidad con respecto a las óperas.

   Tenía éxito y gozaba de grandes privilegios. Estaba preparando mi gran obra, cuando llegó un paquete para mí, cuando lo abrí encontré mi  cartera junto a una carta firmada por:” El Rata 1º, El Rata 2º y El Rata 3º, con el visto bueno de La Chata y La Pelos. "El gremio", explica la misiva (conservada en la Biblioteca Nacional de Madrid) decidió devolver la cartera con todo el dinero más cinco duros "como prueba de respeto y admiración al guripa de más pupila y más salero de España". "Dios le conserve la salud para que se ocupe pronto de nosotros en el escenario", se despedían los ladrones, a los que el zarzuelista había retratado con tanta gracia en su obra  La Gran Vía.