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Jueves, 18 horas de la tarde. Vuelta del trabajo. Ocho o nueve personas en mi vagón. Protegidos, enmascarados, separados, individuales, indivisibles, invisibles... Todos autómatas. Sentados, de pie, apoyados en las puertas, sujetos a las barras. De mañana, despiertos. Te levantas a las seis, te estiras, abres las cortinas, las ventanas. Entra el aire fresco del amanecer, fresco, refresco. Ducha, desayuno y lista para trabajar. Mi conductor me espera en Mar de Cristal, para realizar la ruta del colegio. Atasco, pero al final sale todo perfecto. Llego a casa a las diez y allí está: Esperando, con su pantalón azul oscuro y su camisa blanca. Fumando y hablando por el móvil. Me ve, me giña un ojo. Le sonrío. Dejo la puerta abierta para que entre y mientras él va un momento al baño, yo me desnudo. Le espero en la cama, con los ojos vendados. Se acerca, se pone detrás, besa mi cuello y agarra mis pechos. Le reconozco por su olor. Mientras su olor a tabaco me inunda. Tiene las manos frías. Carne de gallina y calor a la vez. Pechos duros, pezones sonrosados y rosados. Justo para chupar y sentir su boca en ellos. Su mano derecha busca otra cavidad y nota mi humedad. Suspiro, siento y gozo...