MENTALISTA O HIPNOTIZADOR

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"Cuando me realizaron esta fotografía, yo estaba en el Palacio de verano, ese que mandó construir Catalina la Grande para su disfrute personal y alejarse un poco de la Corte, a unos 25 km de San Petersburgo Desde la ventana, veía a las jóvenes princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia jugando a un deporte nuevo que habían traído unos parientes ingleses de la Reina Alejandra; parecido al tenis. Estaban las dos hermanas mayores enfrente de las dos menores con unos vestidos cortos de color crema y unos sombreros atados con un lazo azul al cuello. El zarévich Alexis estaba a mi lado preparado para hacernos las fotos junto a la Zarina Alejandra, mujer del Zar Nicolás y nieta de la Reina Victoria de Inglaterra.



Era primavera y estaban jugando al tenis bajo la atenta mirada de su padre el Zar Nicolás mientras tomaba un té con hierbas y fumando un puro. Hacía buen tiempo y se pusieron a jugar las cuatro.


El pequeño zarévich tenía una enfermedad que yo sabía controlar y por eso la zarina me protegía. Con mis plegarias rezando y el zarévich mejorando, no permitía que los médicos me interrumpieran o decidieran que medicamentos debía tomar.


Poco imaginábamos que quedaría año y medio para que la dinastía desapareciera. Justo hoy, se estaban preparando las celebraciones por el aniversario de sus 300 años reinando en estas extensas tierras.



Mirando los árboles, dejé volar mi imaginación y recordé el monasterio donde aprendí mis conocimientos. Allí donde entré casi huyendo de la miseria y encontré un mundo diferente de conocimientos insospechados. Yo, un vulgar malandrín, salido de la nada pero avispado, supe ganarme la confianza del monje que me instruyó en las artes adivinatorias y de la curación de remedios ancestrales poco conocidos entre gente refinada. También me enseñó a fijar la vista en el alma de los gentes rusas, que se quedaban absortas y seguían sin dudar nuestras instrucciones, logrando curaciones a sus males, más rápidas que con las auxilios prestados por los pocos médicos rurales que asomaban por allí.


¡Qué tiempos aquellos!


Las damas de la Corte eran igual que las campesinas de mi pueblo. Me perseguían por todas las salas de palacio, para poder acercarse a Dios, mediante mis besos y abrazos. Creían, que yaciendo conmigo llegarían al cielo.


Yo no sabía cuántos enemigos tenía a mí alrededor.


En una de las fiestas del palacio Yusupov, el Príncipe Félix Yusupov, casado con una sobrina del zar Nicolás, me invitó y me vestí para la ocasión; me bañé y me puse una de mis mejores camisas de seda bordada y pantalones de terciopelo. Allí me recibieron y mientras esperaba a la Duquesa, me llevaron a un sótano, donde me habían preparado unos pasteles con cianuro y vino dulce que contrarrestó el efecto del veneno.


Como los pasteles no me hacían nada, me levanté e intenté escapar, uno de los amigos del príncipe me disparó tres veces por la espalda y caí al suelo. Me dieron por muerto y como seguía vivo, me golpearon en la cabeza y ataron mis manos con unas cadenas de hierro. Después me tiraron al río, tres días más tarde, encontraron mi cuerpo flotando en las aguas del Neva.


Cuando sacaron mi cuerpo, se dieron cuenta que mis pulmones estaban llenos de agua. Después de intentar matarme con venenos y disparos: ¡Simplemente me ahogué!"



Gregorio Rasputín, murió a finales de diciembre de 1916, unos meses antes de la Revolución Rusa y de la caída del imperio más extenso del siglo XX.