Las Fuerzas de la Naturaleza

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Cuando lo vi, no me lo podía creer. Estaba ante uno de los querubines más famosos de todos los tiempos. ¡Los Querubines!


Esos seres tan encantadores y angelicales, de los que me hablaba siempre mi abuela, que era tan dulce y siempre olía a galletas recién hechas. De pequeña, ella me hablaba de ellos. De esos seres tan pequeños que hacían travesuras a los humanos. No para reírse de nosotros; sino para que nos diéramos cuenta que les gustaba jugar con nuestras cosas y que aparecieran donde menos te las esperabas.


Mi abuela, se reía, y decía que eran pequeñas criaturas de Dios, que las había enviado para hacernos la vida más divertida.


Yo estudié pintura y aprendí restauración en la Universidad de Londres. Me enamoré de las técnicas medievales y éstas me llevaron a Roma. Gracias al rector de la Universidad, pude visitar El Vaticano, dónde por esas coincidencias me dejaron restaurar un trocito de La Capilla Sixtina.


Y allí estaba yo, cual Miguel Ángel, subida al andamio con una linterna, mi bata blanca y mis pinceles. Observando toda la magia que se encontraba sobre mi cabeza.


Casi me desmayo al contemplar tanta belleza. ¡Qué color! ¡Qué maravilla!


Toda encajaba como una sola pieza: “Dios, La Creación del Hombre, los Sabios, La Naturaleza… “Todo perfectamente encuadrado.


Sin susto. Fui despacio y me di cuenta que en una de las zonas que empezamos a restaurar, iban apareciendo nuevas imágenes desconocidas. Como si Miguel Ángel, hubiera pintado y corregido encima de ellas. La limpiamos con sumo cuidado y fue apareciendo el querubín más sonrosado y rubio que hubiera visto en mi vida.


¡Cuánta delicadeza en sus rasgos!


Fue un descubrimiento increíble. Único a nivel artístico. Salió en la prensa como por arte de magia. Un descubrimiento a nivel mundial…


Imposible de creer.


Fue preciosa, la recepción, el reconocimiento artístico y todo los demás…


Para mi impensable.


Curiosamente, cuando salía de la recepción; una pareja que se besaba en el coche, se estrelló contra el cristal del salón donde la imagen del querubín se reía sin cesar.