"NO HAY NADA MÁS"
NO HAY NADA MÁS
Como siempre
no hacía más que olvidarse de las cosas. Iba rápido a todas partes, no
paraba. A lo mejor era eso. Que creía
que había encontrado por fin un grupo de amigos con los que poder salir y
quedar, e ir de bares por el barrio o al cine y desconectar un poco de la vida
rutinaria que se había creado sin darse cuenta. Que tal vez podía haber hecho
algo mejor con su vida; o eso creía o se decía a sí mismo. Que había vuelto a
fallar con sus amistades. Pero no tiene que ser siempre así. Todos cometemos
errores. No tiene que ser siempre él, el que falle o quizá ponía demasiadas
esperanzas al empezar una nueva amistad.
Pero esto no
podía ser, se tendrá que hacer de otra manera.
Pensaba: "Voy a tener que poner un poco de distancia, tomarme tiempo para dedicarme a mí de una vez. Empezar de nuevo, como siempre. Parecía un Ave Fénix
que resurgía de sus cenizas una y otra vez". ¡Qué vida esta!, la del pobre
vigilante de seguridad qué está de sol a sol o mejor de 07.00 a 19.00 en una
garita pasando frío o calor, según la época.
Así es que
esto no tiene mucho sentido, la verdad. Se levanta, desayuna, va al curro hasta
las 19.00 h y otra vez a casa: ”Me parece que tengo que hablar con
alguien que me pueda aconsejar; porque
esto de hablar solo con la pared no es normal. Aunque me ponga la radio, nada,
no hay manera siempre igual: “Trabajar-Comer-Dormir”. Vaya verbos más duros de
pronunciar. No me parece lo más adecuado. Me faltan otros verbos.
Voy a tener que pedir hora en el ambulatorio: Me parece que me estoy exigiendo
demasiado a mí. O que a lo mejor me están presionando otros y me está afectando
en todo”. Pensaba mientras hacía las
rondas en la oficina donde trabajaba esa noche.
Se apuntó en
una página de actividades para hacer senderismo, excursiones, visitar museos o
asistir a conferencias sobre arte, teatro e historia y empezó a ver más cosas.
A apreciarlas, a encontrar sentido a las cosas. A ¿Todo? ¿Quizás? O ¿se estaba
imaginando que ya era un ser normal al que la suerte le iba a sonreír?
Allí tumbado
sobre la camilla sólo veía luces fosforescentes que le radiaban por todo el
cuerpo y personal médico con batas blancas, con mascarillas y guantes que no
hacían más que manipularle por todo el cuerpo a través de una cabina de
cristal. Mientras, él estaba quieto, sentía que los ojos se le enrojecían y le
caían pequeñas gotas de sudor por la frente, pero no podía mover las manos. Las
sentía duras y rígidas. No notaba nada en todo el cuerpo, sólo las pequeñas
gotitas que corrían hacia la cara. ¡Qué sensación más extraña! Su mente iba de
un pensamiento a otro rápidamente. Sólo oía voces, aunque no entendiera nada.
Hablaban en otro idioma más duro, más fuerte.
Le pinchaban para sacarle sangre o mirarle las pupilas de los ojos, pero
nada, no era capaz de levantarse. Debían de haberle puesto algún tipo de
narcótico o somnífero por que no recordaba nada de nada. De cómo había podido
llegar a esta sala tan iluminada. Seguro que era de alguna de esas quedadas con
la gente nueva del grupo de senderismo. De pronto recordó que era de noche, que
estaban frente a una hoguera contando historias y bebiendo y que a lo mejor
dentro de la bebida había algo que le había adormilado para después aparecer
allí, metido en esa cápsula de cristal. Sin poder ver por la cantidad de luz
que le envolvía.
Seguro que
era eso. Pensó. Que le habían dado algo para después realizarle algún tipo de
pruebas para sacarle algo del cerebro; ya que tenía la cabeza dentro de un
casco y este estaba conectado a un aparato que le iba sustrayendo todos sus
pensamientos buenos o malos, para poder vaciarle la cabeza y llenarle de otras
ideas que le harían volverse más loco de lo que estaba. Simplemente, estaba en
esa sala para que hicieran con él lo que quisieran y después dejarle totalmente
atontado y confesar de cualquier manera, que él era el verdadero Doctor Frankenstein.
Creador de vida, gracias a los rayos de la gran tormenta que asoló toda la
provincia y les dejó sin luz.
Ese era él:
Frankenstein.
