EMILIO Y BELLA

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CALLE DEL ENGAÑO, 13

CAPÍTULO X

 

  Tanto Emilio como el portero, intentaban dar sentido a sus vidas. Uno porque ansiaba desesperadamente sentir y encontrar algo bonito y el otro, porque no entendía de ninguna manera, como era posible haberse casado con semejante belleza.
 
  El portero se acomodaba a su vida de casado, pero siempre con la mosca tras la oreja oteando algún posible enemigo y Emilio, con las dudas que le habían provocado grandes indecisiones; debido a que su madre, siendo viuda, no hacía más que inmiscuirse tanto en lo profesional como en lo sentimental:
 
   "Que si ese trabajo no era adecuado para él, que si esa chica era demasiado descarada con esos escotes y así asi...".
 
   No tenía las ideas claras para ser valiente y hacer todo lo posible para ser feliz.
 
  Paseando por la calle, leyó en un anuncio esta frase: "Si no arriesgas, no ganas". Pero esa era la cuestión. ¿Qué pretendía? ¿Destrozar un matrimonio de unos 12 años?, ó, ¿Dejar pasar la oportunidad de ser feliz por esas ideas tan religiosas y arcaicas que le habían enseñado en las clases de catequesis?
 
 Menudo marrón mental tenía en la cabeza. Lo único que de verdad sabía y sentía, era, que siempre que olía el perfume de su cuerpo por toda la escalera, ese simple momento, era lo suficientemente fuerte para que la cabeza le diera vueltas sin parar y que sus instintos de hombre se revelaran a flor de piel.
 
  El marido de Bella, ignorante de todo esto. Sólo sentía rebullir en sus venas, cada vez que Emilio se arrimaba a su esposa. Era insoportable. Se callaba, se comía la cabeza entrándole dudas de su matrimonio. Ese que se celebró por todo lo alto en su barrio sevillano y que aun recordaba con gran placer.
 
  Los dos hombres durmieron por noche, cada uno en su cama, rodeados de oscuridad y secretos.