NOCHES DE PRIMAVERA

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NOCHES DE PRIMAVERA

Todas las primaveras, Roberto y Lucrecia paseaban cerca del río. Los días anteriores había llovido bastante y el río rebosaba lo suficiente como para poder regar todos los campos de la zona. El paisaje era verde. Éste año brillaba más, gracias a los rayos de sol que se filtraban entre las hojas de los grandes árboles que rodeaban la casa de su abuela.

Se cogieron de la mano como cuando eran pequeños para no resbalar y evitar caer al agua. Llevaban vaqueros, camisetas y ella unas sandalias. Hablaban de lo lejos que parecían esos días de infancia y, sin embargo, ya empezaban a fumar un poco a escondidas y escuchar música de esas que su abuela llamaba “Infernales”. Eso de que las chicas se cortaran el pelo y andaran solas por las calles le parecía lo peor del mundo. No entendía que llevaran pantalones: “Que es cosa de hombres y una señorita no podía de ninguna manera ir por la calle así vestida y con los labios rojos carmesí”; decía su abuela cada vez que la veía salir así de la casa.

“Ésta niña nunca aprenderá modales de ninguna manera”. Pensaba en sus adentros. Pero no había manera de que se comportara como “Una verdadera señorita”. ¡Qué de seguro nos traerá alguna desgracia a esta familia”.

Lucrecia no hacía caso de los consejos de su abuela; que ya había sufrido por la pérdida de la muerte de su madre hacía unos años atrás y la tuvieron que sacar del internado para que quedara bajo la atenta mirada de la abuela. Y ese chico con el que estaba, el hijo del panadero, era la culpa de tan rebelde nieta. Ese que le traía revistas modernas de la ciudad donde salían modelos con el pelo corto, estrellas fumando y en pantalones. ¡Vaya desfachatez! Y esos discos de vinillo con esa música tan estridente que no la dejaba descansar. “¡Será sinvergüenza! Como le vea por la casa, saco mi pistola de fogueo y disparo hasta que le alcance y se aleje de aquí. Voy a tener que poner más vigilancia a esta niña tan desobediente”. Pensaba para sus adentros la abuela.

Mientras, Lucrecia, sin hacer caso entraba y salía de la casa sin que la vieran por la ventana de su cuarto y, abajo Roberto la esperaba en su Harley para poder llevarla a esos sitios tan atestados de chicos y chicas igual que ellos. Para bailar, fumar y desaparecer un poco de la realidad en la que les tenían encerrados. El padre de Roberto era viudo, se levantaba muy temprano para poder tener lista la tienda y llevar el pan recién hecho para poder venderlo después.

“NUNCA PENSÓ EN SER PADRE, PERO AL CABO DE DOS AÑOS, ELLA SE QUEDÓ EMBARAZADA”.

Le sorprendió tanto que no se lo podía creer. Se habían casado hacía más de 10 años y como no sucedía, ya se le olvidó la posibilidad de serlo. Ya tenía 42 años y no era una de esas cosas con las que contara. Su mujer tuvo un parto largo y doloroso. El niño pesó unos 4 kilos y era muy largo con la pelusilla en la cabeza. Era tan grande que la mujer tardó mucho en recuperarse y nunca más quiso tener otro. Roberto crecía rápido, aprendió pronto a ayudar a su padre en la panadería y a llevar el pan a las casas del pueblo. Como había que ir andando a todos los lados, con las propinas que le daban y la ayuda de su padre pudo aprender a conducir una moto pequeña y ya, más adelante, se compró la Harley.

Esa preciosidad con la que empezó a ver el mundo de otra manera y a visitar otros pueblos y conocer la música que haría que se enamorara de Lucrecia a la que veía en primavera y la llevó al río, donde en una de esas noches de luna llena y cielo estrellado la llevó literalmente al cielo y a ver las estrellas, ya que en pequeño libro que había encontrado en el trastero empezó a estudiar las estrellas y a interesarse más por ellas que en ayudar a su padre. En esas noches de primavera, la fue enamorando y convenciendo para que apreciara la música que le traía y también a fumar.  Cosa que traería más de un problema en la vida de Lucrecia, que soñaba con escaparse con él, recorrer el mundo en moto para poder ver y sentir su mundo.

Terminando sus días en un bar de carretera sola, borracha y fumando en alguno de esos cuartuchos llenos de babosos que la sobarían hasta el fin de sus días. Muerta y asqueada de la vida que le había proporcionado “Su Querido y Amado Roberto”.