ULTIMO

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La madre expiró. Dio el último empujón y cayó muerta en la cama toda manchada de sangre después de doce horas de parto. La comadrona consiguió sacar un hermoso niño de casi 4 kilos, amoratado de tanto tiempo y por el efecto de permanecer tantas horas dentro del útero. Lo limpió, lo lavó y le dio cinco o seis azotes  hasta que el niño gritó todo lo fuerte que pudo o supo. Tenía los ojos cerrados, le costaba respirar y la luz de la habitación le molestaba, huía de ella. Limpiándole la boca, acercó un paño mojado de agua para que empezara a chupar, ya que tantas horas le habían dejado con la boca seca. Mientras, las vecinas, aseaban a la madre recién muerta y aireaban la habitación.

Al terminar, llevaron al niño al cuarto de al lado, donde un hombre con barba, fumando en pipa, estaba sentado cerca de la chimenea. Al oír los ruidos de la puerta, giró su cabeza y vio como la matrona le entregaba un fardo blanco con las manchas de sangre de su mujer; pero, no hizo mucho caso. Quería saber si era niño o niña y los ojos de la mujer  le comunicaron que era un niño perfecto pero que su mujer había muerto. Cosa que no le sorprendió, ya que siempre pensó que su mujer era demasiado flacucha para poder tener hijos. Se casaron por que el padre de ella, fue un antiguo compañero de guerra y le había prometido que se encargaría de ella en caso de que este faltara.

Fue una ceremonia sencilla, en la iglesia del pequeño pueblo en el que vivían. La novia, llevaba un vestido gris claro, una cinta marrón en el pelo, sus botines negros y un pequeño ramo de flores. No tenía para nada más. Él, iba vestido con unos pantalones negros, su camisa blanca y la chaqueta grande que le había prestado uno de sus vecinos.

Era bastante religioso y para él, los símbolos de la Santa Madre Iglesia Católica, eran sagrados. Aceptó todos los consejos del  párroco y juró frente a ella y el resto de los invitados, salud, pobreza , riqueza  y Fidelidad.

Cosa que cumplió al pie de la letra. Trabajaba en las faenas que salían, ayudando a los pescadores, limpiando barcos y su mujer cosiendo redes. No ganaban mucho pero tenían para vivir. La costa es un lugar peligroso para poder soñar.

Nunca pensó en ser padre, pero al cabo de dos años se quedó embarazada. Tuvo sueños o pesadillas en las que una enorme ola les arrastraba al centro del mar y un pez gigantesco se los tragaba. Siempre despertaba gritando, con la frente sudorosa, su mujer le abrazaba y le secaba la frente con el pañuelo blanco. Le besaba y le calmaba, no es que le quisiera, más bien le había cogido cariño y porque le conocía desde que era pequeña. Se trataban con cortesía, pero lo que si aprendió, fue a valorar su calor cada noche y a entregarse a él sin reservas. Nunca la trató mal ni la pegó y pese a su dura vida, tenía una caricia para ella todas las mañanas al despertarse. El embarazo la pilló de sorpresa. Al despertar tenía ganas de vomitar y sentía mareos; pero siempre le preparaba el café antes de que se fuera al puerto. Luego ella seguía arreglando la casa y enseguida se ponía a coser las redes, las revisaba una a una y después las llevaba a que se las pagaran.

Durante el trayecto hasta el malecón, saludaba a las vecinas y dejaba pagado el pan que luego recogería. Se pasaba esos meses así, hasta que los dolores del parto la dejaron sin fuerzas para realizar tarea alguna. Su marido se acercaba a ella con cuidado. No sabía que era lo que tenía que hacer. Angustiado llamó a una vecina que se encargó de avisar a la matrona que llegó unas dos horas más tarde. Cuando ya estaba en la cama y se le oía gritar por toda la casa. Le pedían que calentara agua y les diera paños limpios para atender a la parturienta; pero que se abstuviera de entrar hasta que no hubieran terminado. Se le hizo largo todo el tiempo que estuvo allí de pie frente a la chimenea, fumando en su pipa. Tomó algo de sopa que le habían traído y un trago de whisky. Que le dio fuerzas y le calmó un poco.

Le trajeron al niño al que agarró con fuerza y le miró a los ojos. Cómo no sabía que nombre ponerle, la matrona dijo que su mujer al dar su empujó, dijo: “¡Ultimo!” y Último se quedó. Fue creciendo en gracia y porte, además resaltaba entre los demás niños, intentó que fuera lo más feliz posible y nunca se sintió desprotegido. Gracias a la existencia de este ser, la vejez se le hizo mucho más llevadera en los malecones. La vida dura del mar le trajo toda la felicidad a la que podía aspirar.

Le enseñaba a valerse por sí mismo, a darle fuerzas y seguir adelante aunque la vida fuera dura. Se fortalecía de los recuerdos y le contaba historias que le valdrían para hacer frente a lo que vino después. Las cosas se complicaron y en una de las barcas donde iban a pescar, debido a la gran tormenta, cayó sobre su padre el mástil que le quebró la pierna derecha y le hizo estar muchos meses en cama y años después, seguiría con dolores y la cojera se le fue agravando. Pero, a pesar de los avatares de la vida, pudo darle todo el cariño necesario y las ganas de emprender una nueva vida fuera del pueblo, donde siempre fue recordado con cariño y dejó de ser “Último” para siempre. Ya que gracias a él y la caída del mástil, se pudo saber o poner en conocimiento que todos los sueños son posibles si ves más allá de ti.
U

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