DESPEDIDA
DESPEDIDA
Querida
familia:
Si estáis leyendo esta carta, seguramente me
habrá encontrado la policía en la habitación de mi pequeño piso, toda encharcada de
sangre. Rodeada de mis peluches y de mis libros, de los cuales no me separaba
desde hacía meses. Me dio por decorar mi cuarto y la cama con una colcha
naranja y las fundas de las almohadas de color granate para hacer contraste. No
sé si ese era el destino de esas cosas; sólo sé que en los tres últimos años no
levantaba la cabeza por ningún lado y acabaron así, llenas de mi sangre, que
mezclada con su textura, brillaban bajo el sol que entraba por las ventanas de
la habitación.
El trabajo no iba mejor de lo que yo espera.
Supongo que es falta de madurez, de motivación o de intentar ver siempre el
lado bueno de la vida; cuando de verdad yo no lo veía por ningún lado. Trabajé
en museos, teatros y bibliotecas; dando bandazos de un puesto a otro, sin
encontrar sentido a nada.
Veía a mis primos y hermanos, que parecía que mejoraban, que tenían su puesto fijo, se casaban, se iban de casa, se
compraban un coche nuevo o que creaban un lugar especialmente mágico donde
recargarse y empezar de nuevo cada día.
Me empecé a dar cuenta, bastante tarde, de que
había perdido oportunidades y de que siempre estaba igual, casi sin salir, sólo
leyendo y escondida en mis escritos. No sabía si era lo mejor para mí o que yo
soy así: “Dudosa por naturaleza o cobarde”. Admiraba a una vecina
mía que cuando se quemaba del trabajo y de sus padres, se escapaba en cuanto
podía a Murcia, a la playa, a desconectar, a ir a su bola y a pasar de todo.
A lo mejor yo tenía que haber conseguido
crear mi pequeño mundo mágico y no supe o no tuve la oportunidad de construirlo o la valentía
de enfrentarme a mis padres. Eso nunca lo sabré: sólo sé que al final decidí,
elegí. Sí, elegí darme este final. Rodearme de mis libros, mis peluches, mi
música, mi colcha naranja, mi sangre y escribir esta pequeña carta para deciros adiós.
