LO QUE NO PUBLIQUÉ

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LO QUE NO PUBLIQUÉ

    Siempre que salgo de viaje, me llevo mi mejor cámara para poder sacar lo más llamativo y después publicarlo en la revista. Suelo hacer varias tomas hasta elegir la más adecuada para presentarla donde trabajo. Es sobre viajes y recuerdos de la gente a la que suelo fotografiar. Siempre voy acompañada de mi guía Karim, al que conocí en uno de esos viajes a Marruecos para una presentación de unos premios y quien me llevó a conocer Turquía, la mezquita azul y el TopKapi.
  En esta ocasión, íbamos a viajar a Kenia en busca de ese sol y colores que en Europa no se veían y conocer la sensación de soledad de las grandes sabanas, donde a lo lejos se veía, quizá, algún árbol y las gacelas corriendo en busca de alimento o agua para poder sobrevivir a dicha naturaleza. Fue una experiencia única y gratificante, donde aprendí a escuchar el silencio de la naturaleza, el correr de animales y la sensación de soledad en las explanadas; a cenar junto a la hoguera y aprovechar las horas de la madrugada o el amanecer para poder sacar las mejores fotos.
  Como me había dejado un par de cosas en el hotel, le indiqué a Karim que me las enviara a Madrid, donde revisaría todo para poder elegir y mandar las a la revista y que se encargaran de su publicación.

  Revisé las anotaciones del viaje y las fotografías. Tropecé con una que me llamó la atención. Se veía a una niña tumbada y tapada junto a un león que parecía que la miraba y le acariciaba la mano. Me quedé hipnotizada. No hacía más que mirarla y mirarla. Desde que me la dieron junto con las otras fotografías de mi viaje a Kenia, sólo pensaba en ella, día y noche.

  Tenía hasta pesadillas o sueños extraños. La niña aparecía junto al león tumbado en aquel colchón con mantas amarilla. Pensaba y pensaba, pero no se me ocurría como había podido llegar a mis manos. Decidí mirar los negativos, para ver el orden y la fecha tomada de la fotografía. y hacerme una idea de en qué parte del viaje pude hacerla. Pero no encontraba nada. Cogí mi cuaderno donde apuntaba aquellos detalles que me habían impresionado de mi viaje a África. Y entre apuntes y fotos pude más o menos hacerme una idea de cuándo y dónde realicé dicha foto.

Comentando esto con mi guía de viaje, de pronto recordó que podría tratarse de aquella niña blanca que habían encontrado casi muerta cerca del poblado a donde la llevaron. Los zulúes la lavaron y el chamán que la limpió, le dió un brebaje que la ayudaría a recuperar fuerzas. Como estaba al lado de un león, éste intentó que no se la llevaran pero finalmente, el chamán del poblado se dio cuenta que ese león era su guardián y protector. Que la había salvado de la muerte y pudo protegerla de otros depredadores.
  Con el tiempo, el león se quedó a vivir en la tribu pero ya era demasiado mayor para poder estar junto a ella. La cuidaba hasta que el propio león enfermó y por eso el jefe de la tribu decidió que durmiera junto a ella. Ya que según sus tradiciones, su cercanía les ayudaría a sanar a los dos.

  Eran almas celestiales en cuerpos de niña y felino, que se tenían que reencontrar en esta vida y en sus siguientes reencarnaciones para poder seguir su proceso evolutivo.