CAPÍTULO II

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Me parecía lo más normal del mundo: Amarla, desearla, besarla y lamerla de arriba a bajo. Tenerla en la cama, abrazarla y quedarnos húmedas la una con la otra, con el cuerpo y las piernas enlazadas en esa oscuridad gobernada por las velas, cortinas, vientos y ramas arañando las ventanas de la habitación dentro de esa magia inconsciente de las almas perdidas en la inmensidad del silencio. Era cada una a su manera amaba, gozaba y gemía. Mientras las tías y mi prima Susana, se escondían para comprobar la gran excitación provocada por las llamas del amanecer.