03:43 a.m.
David estaba preocupado. No sabía si había hecho lo correcto o si las cosas se podrían haber arreglado de otra manera. Estaba en una encrucijada. ¿Qué hacer? ¿Cómo afrontar el problema?
La noche de autos, estaba conduciendo de noche por la carretera. El cielo estrellado. Una noche oscura… luces de coches cruzándose con él. Su cabeza era un caos, pero extrañamente él se sentía en silencio.
La radio encendida y la locutora explicando que se habían encontrado dos cuerpos flotando en el río y la policía y los submarinistas sacándolos junto a sus pertenencias. El detective que llevaba el caso lo tenía claro: “Los habían asesinado y tirado al río”.
¡Qué noche más inoportuna!
Cuanto periodista pegado al puente y la gente mirando.
¡Se podían ir todos a sus casas!
Mucho ruido para nada. ¿Qué más podía suceder? ¿Qué más podía pasar o pedir?
Cuando los encontró unas horas antes todavía estaban vivos celebrando su cumpleaños en una casa rural en la sierra de las afueras.
Todo era normal. Una fiesta cómo cualquier otra, el cumpleaños feliz de siempre, con aperitivos, tarta, bebidas y música. Bueno, lo normal en familia… regalos y esas cosas.
De pronto llamaron a la puerta, era él. Con esos pelos alborotados y los ojos saliéndose de sus órbitas que desprendían fuego e ira. Todo acalorado. Entró como un rayo hacia el salón y sin más empezó a disparar.
¡Qué locura! Disparos y más disparos.
Escapó por la ventana y corrió lo más rápido que pudo, subió al coche sin rumbo fijo. ¿Cómo se pudo llegar hasta este punto?
Sentimientos y más sentimientos. Amor y dolor. No sabía que se iban a complicar tanto las cosas.
Cuando la conoció le dio un brinco el estómago. Era increíble: rubia, blanca, inteligente, culta y divertida. En una palabra: Maravillosa. ¿Cómo podía vivir con ese energúmeno, atontado, grande y fuerte? Era impensable. No se lo podía imaginar.
¿Tendría que presentarse a la policía? ¿Se mantendría al margen? No sabía que debía hacer.
Descansó en una gasolinera y mientras le ponían gasolina decidió tomarse un café en la cafetería para poder poner un poco de orden a las ideas que se le agolpaban en la cabeza.
Fue todo muy rápido. Las imágenes le invadían de una en una e iban muy seguidas. Como todo lo que pasó con ella. Rápido y veloz. Así era ella. Inmensa.
Lo daba todo, sin pensar en las consecuencias. Le gustaban los riesgos y conocerla fue como volver su vida del revés: aventuras en la sierra, esquiando, haciendo escalada y conduciendo sin miedo a la vida. Vivir a tope. Esa era su idea: No parar. Y en el sexo igual: no parar. Le atraía como las moscas a la miel. Era su desafío…
Pero su descuido fue lo que propulsó todo lo que pasó después: unas fotos inoportunas complicaron todo lo demás. El marido las descubrió en los mensajes del móvil y de esta manera se detonó todo hasta llegar hasta esta noche descontrolada y disparatada.
Todo rápido y veloz. Como le gustaba a ella. Entró disparó y la mató. Sin más.
En sus oídos aún retumbaban los sonidos de sus disparos. Todo oscuro y lejano. En su coche decidió ir a la policía y explicar lo que había sucedido. Pero cuando llegó no había manera de que le atendieran. ¡Qué sensación! ¡Un sin vivir!
Un agente le pudo atender al final y cuando iba a escribir sus datos en el papel, no podía coger el bolígrafo. No tocaba sus manos, eran invisibles ¡qué raro! ¿Qué le pasaba? No podía ser verdad. Oía la risa del marido en el recuerdo.
Se veía tumbado en el suelo de la casa con todo un charco de sangre cubriendo su cuerpo y su imagen invisible que se iba diluyendo poco a poco y luego ella, rubia y roja. Sin prisas y con cara sonrosada y pidiendo ayuda. Así se acabó todo: Oscuro y negro.

2 comentarios
Write comentariosEnganchada con tus relatos! Espero más.
ReplySeguiré atenta a nuevas historias. Enhorabuena!
Gracias Cris, acabo de mandar otro relato corto: "Área Estelar 48".
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